A 38 años Daniel Ortega resucitó el somocismo

El 19 de julio se cumplen 38 años del derrocamiento de la dictadura somocista. Sin duda la fecha más trascendente en la historia de Nicaragua. Sin embargo, su significado y sus consecuencias -incluso sus causas últimas- son todavía objeto de debate. Las opiniones divergentes surgen no solo porque como hecho político y social albergó las contradicciones de la sociedad nicaragüense. Se dan también porque muchos de sus protagonistas, como cronistas e historiadores, o mediante el testimonio, impregnan de su experiencia personal la narrativa y la interpretación de lo ocurrido.

Pero la mayor alteración ha provenido de los intereses propagandísticos del régimen de Ortega, que ha pervertido el análisis ecuánime de los hechos. Como dijo alguna vez Fidel Castro, “la historia es un sub producto de los hechos”. Y la versión oficial la escribe el poder, alterando o negando hechos, quitando o colocando protagonistas.

El derrocamiento del somocismo significó innumerables actos de heroísmo individual y colectivo, precisamente por eso se ha tendido a mitificarlo. O desde el otro lado, a satanizarse. Lo uno y lo otro, explicable en una sociedad dada a atribuir a causas providenciales los hechos extraordinarios. Pero no fue ni milagro ni suceso espontáneo. Fue el desenlace de un conflicto acumulado por décadas entre las fuerzas democráticas y la dictadura. Y así como esa jornada de lucha por la democracia no fue la primera, pues la historia precedente a julio del 79 es abundante en intentos políticos, guerrillas y alzamientos que enarbolaron las banderas democráticas, tampoco sería la última.

El derrocamiento del régimen somocista solo fue posible cuando se cristalizó la acción conjunta de las fuerzas democráticas y la incorporación masiva de la población en la fase final de la insurrección armada. Ello fue el resultado deliberado de la labor previa, coronado en un contexto internacional favorable en el que también se materializó un apoyo plural, igualmente pre concebido y cultivado. Así fue posible resolver en favor de la democracia, la contradicción principal que había gravitado en la sociedad nicaragüense desde la década de los años treinta: democracia vs. dictadura.

En lo social, la participación anti somocista abarcó un amplio arco que alcanzó los extremos la sociedad: desde los sectores de la burguesía excluida del usufructo del poder, hasta el lumpen proletariado. Un acierto indiscutible del FSLN -de la fracción insurreccional en particular- consistió en concretar esa alianza en lo político, sobre la base de un programa democrático que concitó un consenso nacional inédito e irrepetible hasta ahora

Y aunque el sandinismo fue la fuerza hegemónica, es necesario recordar -aunque parezca obvio- que no fue la única en la amalgama anti dictatorial.

En el plano político dos grandes bloques coincidieron en el objetivo de ese momento histórico. De una parte, el bloque de centroizquierda articulado en el Movimiento Pueblo Unido (MPU)-Frente Patriótico Nacional (FPN); y el de la derecha democrática agrupada en el Frente Amplio Opositor (FAO).

En lo militar, el FSLN con sus tres expresiones, tuvo el predominio absoluto, si bien en la insurrección final operaron unidades menores del Partido Socialista Nicaragüense (PSN) a través de la llamada Organización Militar del Pueblo (OMP), subordinadas al mando sandinista y minúsculos grupos del maoísta Movimiento de Acción Popular (MAP) que actuaron al margen.

Mención aparte ameritan los medios de comunicación y el gremio periodístico, que durante décadas fueron un vehículo cotidiano de denuncia contra los Somoza. ¿Como escamotear el papel jugado por La Prensa y su director Pedro Joaquín Chamorro? ¿O por Radio Corporación y otras emisoras? Aunque dicho rol haya sido indiscutible, ese aporte hoy la versión orteguista lo desdeña.

El derrocamiento del somocismo, que debió abrir paso a un proceso democrático, devino en la Revolución Popular Sandinista. De la hegemonía sandinista en la etapa final de la lucha contra a dictadura, se pasó al dominio del FSLN no más arrancar la década de los ochenta. El pluralismo político, uno de los tres pilares del programa convocante a la alianza anti somocista, muy pronto pasó a administrarse a conveniencia y solo se toleró en la medida que no pusiera en riesgo el nuevo poder.

Las consecuencias no tardaron. Ya en el primer año post somocismo, se inició una rápida decantación de las fuerzas políticas, esta vez en torno al nuevo conflicto sandinismo vs. anti sandinismo. Los errores cometidos en la gestión económica, la pérdida de la base social campesina y una temprana alineación con los países socialistas -pese al enarbolado no alineamiento en política exterior-, terminaron por destruir el consenso.

La abierta injerencia de la administración Reagan, fue un acicate a los restos del ejército somocista derrotado y a la inconformidad en el campo, la confrontación se radicalizó, las conquistas sociales naufragaron prontamente y sobrevino la guerra civil, cuyas consecuencias dividieron y desangraron el país hasta el límite.

Con el retiro del apoyo militar de la URSS -sometida ya a su propia crisis terminal, la economía del país destruida por la guerra y sobre todo con la mayoría ciudadana clamando un cambio, el FSLN se vio irremediablemente obligado a finales de los 80, a convocar elecciones adelantadas, mismas que fueron observadas como ninguna otra antes en la historia latinoamericana. Los resultados abrieron -de nuevo- la posibilidad de enrumbar al país hacia un proceso democrático, camino que el orteguismo aliado con el liberalismo corrupto, se encargaría después de destruir, de la misma manera que destruyó al viejo FSLN para convertirlo en una agrupación de dóciles, sometidos al mando de una familia.

Si bien el 19 de julio de 1979 significó el fin del régimen somocista, su herencia cultural sobrevivió en la práctica y en el sub consciente de importantes sectores de la población e incluso entre militantes y dirigentes del FSLN. La revolución no logró -si acaso lo intentó- desterrar esa herencia nefasta del somocismo. En los últimos diez años ha rebrotado bajo el poder orteguista, que ha revertido las conquistas democráticas y resucitó las prácticas y los anti valores del régimen derrotado en julio de 79.

Vino nuevo -y ya no tanto- en odres viejos, por eso -y tampoco esta vez por milagro- ya en irreversible proceso de descomposición.

(publicado en MUNDIARIO-España 14 de julio, 2017)

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Dos crímenes totalitarios, dos libros: El olvido que seremos y El hombre que amaba los perros

No suelo comentar libros ni mucho menos hacer crítica literaria, práctica esta última que me parece absolutamente necesaria, pero que requiere de quien la ejerce,  la sapiencia debida y una alta dosis de arrogancia intelectual. Yo no tengo la cualidad de la sabiduría y la arrogancia es un pecado que procuro no cometer.

Tampoco ahora comentaré ningún libro ni haré crítica. Solo compartiré los sentimientos y reflexiones que me han provocado en su momento dos libros sobre los que se estará hablando en Nicaragua en estos días.

Dos libros sobre dos crímenes, crímenes políticos, resultados del absurdo de la intolerancia uno y de desvaríos ideológicos el otro. Ambos conectados por su causa última y común, el miedo de los totalitarios. Totalitarios cuyos afines y ellos mismos, todavía gravitan en el escenario latinoamericano.

Carta a una sombra, filme basado en la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad Facioline, se presentará como parte del evento Centroamérica Cuenta 2017.

Hace algunos años, cuando terminé de leer El olvido que seremos, escribí : “es un libro que deberíamos leer todos los hijos”. Quiero decir que todos deberíamos leerlo como hijos, porque todos lo somos. Y los latinoamericanos hijos, ciudadanos de países, además, en los que la violencia ha sido la vía principal para dirimir los grandes conflictos sociales, pero también a la que han recurrido grupos mafiosos -desde el poder y fuera de él- para preservar sus intereses.

Es este un libro de amor, un libro del amor que don Héctor -el médico, el humanista- prodigó a su hijo, a su familia, a la humanidad y del recuerdo amoroso de Héctor hijo, hacia su padre asesinado, una víctima más del drama que vivió Colombia durante las décadas pasadas y del que apenas empieza a salir.

A partir de su propia experiencia dolorosa, Héctor -el hijo, el escritor- nos hilvana el contexto en que él y su familia vivieron tan inmenso dolor .

La violencia que vivió Colombia –y de la que aún no termina de liberarse totalmente porque delincuentes con el ropaje de guerrilleros revolucionarios, persisten en un despropósito- tiene sin duda profundas causas sociales, pero se vio prolongada en el tiempo y con ello multiplicada su secuela de odio, desarraigo, dolor y daños materiales, porque las cúpulas paramilitares,  las del narcotráfico, de las FARC y el ELN, hicieron de ella un negocio.

Pero El olvido que seremos también debe ser leído a la luz de la necesidad de la paz. De la paz para que no haya víctimas como el doctor Abad Gómez, ni necesidad de defender los derechos humanos porque serán respetados. Por eso cuando digo paz, digo también democracia, justicia social. A riesgo de parecer retórico, hay que repetir que estas son condiciones para aquella, y corresponde en primer lugar a los que como quiera que sea han llegado al gobierno, la responsabilidad de respetarlas o lograrlas. En caso contrario, el ciclo volverá y nunca se sabe cuánto dura y cómo terminará.

El hombre que amaba los perros, del escritor cubano Leonardo Padura será comentada en Managua en las próximas semanas por tres intelectuales, en un foro organizado por el PEN Club de Nicaragua.

La historia oficial de la ex URSS no mencionaba el papel de León Trotski como dirigente revolucionario. Lo ignoró y lo eliminó de los murales alusivos a la revolución rusa, habiendo sido él uno de los más brillantes cabecillas de tal hecho. Se le calificaba como traidor, sin demostrar y explicar nada, no más el empeño en desacreditarlo. La presunta traición fue la razón –suficiente según Stalin y los estalinistas que lo sostienen todavía, porque los hay- para mandarlo a asesinar. Y es que en nombre de revoluciones libertarias se ha asesinado, previa estigmatización de traidor, a camaradas de lucha que advirtieron los abusos y los peligros interiores provenientes del poder. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Además de la calidad literaria de la novela de Padura, que nos lleva de la mano por tres historias a la vez, pero con la del asesino de Trotski como eje, su principal mérito es presentarnos los hechos desde el lado de Mercader en su vejez, tomando radical distancia de las versiones oficiales que en Cuba, como en la antigua URSS, distorsionan la historia, alterando o soslayando los hechos. Ramón Mercader es el hombre que amó los perros, el asesino que vivió largo tiempo en La Habana, protegido bajo otro nombre. Antes, en 1960, luego de haber cumplido condena por 20 años en México, había viajado a Moscú a recibir la ciudadanía soviética, el grado de coronel de la KGB y el nombramiento de Héroe de la URSS. Nikita Jruschov, el mismo que denunció muchos de los crímenes de Stalin, fue quien lo distinguió.

El asesinato de Leon Trotski, es una vergüenza que  cae sobre esa “izquierda” necia y prehistórica, que incapaz de asumir con espíritu crítico las lecciones del pasado, persiste en ver traidores, imperialistas, vende patrias y similares, en quienes asumimos la crítica y la democracia, como valores y prácticas indispensables para hacer política honesta. Es la misma que con sus garrafales y recurrentes errores llevó al fracaso los experimentos socialistas, la misma que en nombre de presuntas revoluciones todavía es capaz de asesinar, como en Venezuela ahora. Es la misma que nunca entendió que  democracia y libertad se suponen mutuamente y que sin ellas las propuestas del socialismo, son imposibles.

La película El Elegido es una versión sobre el magnicidio, que recrea con bastante fidelidad los hechos. Sin que la sustituya, ni mucho menos, es una manera de ver parte de lo que se cuenta en la novela de Padura. De ella me queda el grito desgarrador de Trotski, cuando el asesino le clava el piolet en la cabeza “porque el partido y el camarada Stalin, así lo habían decidido”.

 

De izquierdas e “izquierdas” en América Latina

La muerte de Fidel Castro, la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, la crisis terminal del gobierno de Maduro en Venezuela y la confirmación de la naturaleza dictatorial del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua figuran entre las principales noticias latinoamericanas del año que finaliza. Todas vinculadas a lo que se llama genéricamente, y por eso erróneamente, “la izquierda”.

La izquierda nunca ha sido una corriente homogénea. Particularmente en América Latina en los años sesenta y setenta, se identificaban como sujetos de la izquierda a los viejos partidos comunistas y a los entonces emergentes movimientos guerrilleros de liberación nacional, mediando entre unos y otros profundas diferencias tácticas y estratégicas, casi nunca resueltas.

Hoy es posible diferenciar en ese conglomerado que se denomina izquierda – aunque también podría aplicarse a “las derechas”-, dos grandes grupos. De una parte la “izquierda” autoritaria y corrupta, y por lo tanto reaccionaria. Y de otra, la izquierda democrática, progresista. Si en el primer caso el oxímoron es solo aparente a la luz de los nuevos tiempos, en el segundo el pleonasmo es necesario.

El tema no es baladí. Las diferencias se marcan a partir de las posturas y acciones que asume e impulsa cada fuerza, desde la oposición o desde el gobierno, frente a los dos principales problemas comunes en Latinoamérica: las amenazas a la institucionalidad democrática en varios países, que en algunos ya es autoritarismo establecido y la corrupción en las esferas gubernamentales. Para poner ejemplos en los extremos, señalemos la gestión del gobierno del Frente Amplio en Uruguay y la de Daniel Ortega en Nicaragua. Si en el primero hay un respeto al sistema democrático y políticas claras contra la corrupción, en el segundo, el estado de derecho -fundado en las conquistas de la revolución sandinista del 79-, ha sido aniquilado y la corrupción no solo es tolerada, sino promovida.

O bien el caso las posturas de Dilma Rousseff en Brasil y de Evo Morales en Bolivia. Mientras la primera admite su destitución aunque la considera ilegítima pero legal por parte del senado brasileño, el segundo anuncia con desparpajo que recurrirá a triquiñuelas para intentar ser reelecto, todo a contrapelo de la voluntad ciudadana expresada en el referendo de principios de año.

La descomposición de esta “izquierda” obedece a factores diversos.

Uno de los más relevantes es el caudillismo, que alcanzó máxima expresión en Fidel Castro y Hugo Chávez. El caudillismo traducido en poder unipersonal como negación de la institucionalidad de sus partidos y estados.

En el caso de Castro una influencia unipersonal más allá de Cuba, por dos razones. Fidel encabezó la primera revolución armada triunfante en el continente orientada al socialismo, y a partir de tal hecho construyó su mito y en los hechos se le atribuyó una infalibilidad política que fue alimentada por una izquierda que con precaria elaboración teórica, optó por asumir como verdades indiscutibles las consideraciones de Castro, fuesen sobre el tema de la lucha armada como vía para llegar al poder, lo “impagabale” de la deuda externa de los países pobres o la validez del modelo cubano.

El fracaso del Socialismo Real y con él de los regímenes de partidos únicos en Europa al finalizar el siglo XX, despojó a la izquierda mundial de los referentes necesarios para articular un nuevo proyecto político y económico, alternativo al capitalismo. No obstante, en América Latina, el enorme costo social de las políticas económicas correctivas y de ajuste aplicadas en los años 90 por los gobiernos neo liberales, dio paso a un descontento que encontró expresión electoral en las opciones populistas, denominadas a sí mismas de izquierda. Así, estas fuerzas se encontraron, a finales de los noventa y al despuntar el presente siglo, con potencial electoral pero sin propuestas consistentes, ni para perfeccionar la democracia ni para establecer un modelo económico distinto.

Huérfanos de referentes y carentes de propuestas propias, se refugiaron en el populismo, y fieles a la tradición latinoamericana (de derecha) e imitando el viejo modelo cubano, sus líderes –Ortega, antes Chávez ahora Maduro y hoy Morales– se erigieron en los nuevos caudillos imprescindibles para las revoluciones que dicen llevar a cabo. Pero todo ello, además, a costa de la democracia en sus respectivos países. Y como autoritarismo y corrupción se nutren y se encubren mutuamente, también han convertido el erario en botín y el tráfico de influencias en práctica cotidiana.

Si bien los regímenes de esta “izquierda” reaccionaria son una realidad, también es cierto que están sometidos a una creciente oposición interna. Y, como en el caso de Venezuela, con pobres perspectivas de mantenerse en el gobierno a mediano plazo. La izquierda democrática en Chile o Uruguay, desde las coaliciones gobernantes, avanzan –no sin dificultades–, pero sometiéndose a las normas de la democracia en competencia con otras fuerzas democráticas, incluyendo las de derecha.

Mientras nos adentramos al siglo XXI, en un panorama sumamente complejo y riesgoso, que demanda eficiencia política y reflexión intelectual para hacer frente exitosamente a los impostergables retos de preservar el sistema democrático, extirpar la pobreza y la corrupción, y conquistar la paz mundial, cabe reconsiderar las denominaciones tradicionales de las fuerzas políticas. Acaso sea tiempo de caracterizarlas simplemente como democráticas o no democráticas y definir su naturaleza por los programas que proponen a los ciudadanos. Y, sobre todo, por su práctica, porque como decía el viejo marxismo, ésta es el supremo criterio de la verdad.

(Publicado en el MUNDIARIO- España, el 22 de diciembre del 2016)

¿”Unidad” sectaria?

Las posiciones y propuestas frente a dos temas definen la naturaleza progresista o no, de las fuerzas políticas en el actual contexto latinoamericano. Y ello abarca tanto el variado espectro de derechas, como el de las denominadas izquierdas, también diverso y multiforme. Y esto es válido para Nicaragua.

Los temas son democracia y corrupción.

En las últimas décadas, fuerzas definidas como izquierda, han tenido en varios países latinoamericanos la posibilidad de llegar a ser gobierno. Y lo han hecho mediante elecciones, en el contexto de la -antes doctrinariamente denostada- “democracia burguesa”. Más tarde o más temprano, algunas de ellas hicieron públicas sus intenciones de deshacer las reglas de esa democracia. No para perfeccionarla ni profundizarla, sino para perpetuarse en el poder y llevar a cabo -según ellos- revoluciones que solo existen en el discurso.

La frase de Hugo Chávez en su toma de posesión presidencial, el 2 de febrero de 1999, “Juro sobre esta moribunda constitución…”, más que un recurso retórico que él tanto acostumbraba, fue la anunciadora de lo que vino después, tanto en las restricciones a la democracia -que no han sido mayores por la unidad y la fuerza de la oposición democrática que las ha impedido- como en la desastrosa gestión económica, procesos -ambos-que han colocado a Venezuela en el estado calamitoso actual, y cuyas consecuencias pagan los más pobres, en nombre de quienes, precisamente, se dice que hay una revolución. Y la corrupción en el gobierno venezolano ha ido a la par.

En cambio, fuerzas progresistas de izquierda que han gobernado en el contexto de las reglas de la democracia, no sin reconocer sus imperfecciones, como en Chile, han enfrentado –pagando sus costos políticos- las consecuencias de las manifestaciones de corrupción. Incluso en Brasil -más allá de la responsabilidad de Dilma Rousseff y de la ilegitimidad de su destitución- ha prevalecido el respeto al funcionamiento de las instituciones. No se le ocurrió a Dilma, durante su mandato, reprimir a los que anunciaban sus intenciones de destituirla, disolver el congreso o despojar a los  congresistas de tal investidura. Tampoco dijo al ser destituida “Vamos a gobernar desde abajo”.

Y lo apuntado antes sobre Venezuela no es casual. No solo por la identidad ideológica del chavismo y el orteguismo, que se precian ambos de “izquierda”, sino porque la actualidad de Venezuela puede ser nuestro futuro. En Nicaragua, como bien sabemos, el régimen ha destruido la democracia y establecido la corrupción. Porque es aquella la que impide esta, o al menos posibilita, cuando las instituciones funcionan, que sea detectada, perseguida y castigada.

De lo anterior se desprende que el arco de alianzas a configurar para enfrentar exitosamente al orteguismo, debe tener de forma inequívoca, como ejes programáticos transversales, el restablecimiento de la democracia y la extirpación de la corrupción, desafíos íntimamente interrelacionados uno al otro. Y en la composición de esa alianza, no debe haber ninguna exclusión de quienes asumen consecuentemente esas banderas.

Sin embargo, la sola declaración de la necesidad de constituir esa alianza e incluso la voluntad de hacerlo, no es suficiente. Es claro que el universo de fuerzas opositoras al orteguismo no es homogéneo. Y me refiero a las fuerzas auténticamente opositoras, no a las que desempeñan voluntariamente el papel de “opositores”, pero que están al servicio del régimen.

El pecado del sectarismo y de la autosuficiencia es fatal en política. Y en Nicaragua no es la izquierda democrática, representada en el MRS, quien lo padece. Por el contrario, ha sido por la correcta identificación de las contradicción fundamental de esta etapa histórica, hecha desde sus instancias,  que impulsa -en calles y salones-  el modelo de alianza más adecuado para hacer frente al régimen.

Pero si bien hay sectores en los movimientos sociales progresistas que padecen de sectarismo, o un comprensible pero ya injustificable prejuicio anti partidos, es desde la derecha doctrinaria, opuesta ciertamente al orteguismo, que más se agitan viejos fantasmas o se levantan obstáculos para una unidad amplia frente al régimen.

La experiencia histórica está a la vista: los grandes hitos en la lucha por la democracia en Nicaragua, solo se han conseguido con frentes amplios, diversos ideológicamente y multiformes orgánicamente. Otros intentos fracasaron o sucumbieron ante el poder que se pretende desplazar.

Más tarde o más temprano, ese frente amplio por la democracia en Nicaragua, y cuyas bases existen, se concretará exitosamente. Quienes lo retrasen, sólo estarán prolongando al orteguismo en el poder, vale decir atrasando la conquista de la democracia.

 

 

Ortega se repite con el ego dolido

El 19 de julio, a plaza y calles adyacentes llenas, como no, Ortega habló 53 minutos. Su intervención, que no alcanza a ser discurso, me recordó al diputado somocista Luis Felipe Hidalgo. El susodicho tenía un programa sabatino llamado pomposamente Fórum Político, escenografía con pódium y un letrero enmarcado pomposamente en un par de columnas griegas dibujadas. Hidalgo hablaba de cualquier cosa durante media hora, en una improvisada, exótica y divertida mezcla de temas. No digresiones, desorden total. Pero con un eje: reiterarle su fidelidad al jefe y repetir una y otra vez los descalificativos contra la oposición.

El pasado martes Ortega se refirió -rozó- varios temas y a salto de mata dijo algo del cambio climático, de la -según él- conspiración internacional contra Maduro, de sus paisanos liberteños, de Chávez, de Fidel, de las nuevas misiones a las comandancias, de la fidelidad de su señora esposa y manifestó su dolor porque el sandinismo-¡hace 21 años! -se expresó en el surgimiento de una nueva opción política.

No hay duda que Ortega tiene fijaciones y furia contenida.

Al arrancar la década de los años noventa el fin de la Guerra Fría con la desaparición del Socialismo, la pacificación de Centroamérica y la derrota electoral del FSLN en las elecciones de febrero, se configuró un nuevo contexto para la acción política. Nicaragua había iniciado un complejo período de la guerra a la paz y el camino hacia la profundización de la democracia institucional, con una sociedad políticamente polarizada. El sandinismo, para sobrevivir fiel a sus principios debía aprender de las contundentes lecciones de la historia reciente, debía redefinir su estrategia preservando su identidad sandinista al mismo tiempo de asumir de manera inequívoca su compromiso con la  democracia. Y eso Ortega no quiso o no pudo entenderlo. Y no quiso o no pudo entenderlo, porque su concepción de la política y del poder es –ya era entonces- primitiva y prebendaria. Así, impidió el debate, y recurrieron, sus claques y él mismo, como lo hizo el martes, al descalificativo y a la calumnia, cuando no a la pedrada, el garrote o la amenaza.

El documento Por un Sandinismo que vuelva a las mayorías, hizo públicos en febrero de 1994, los planteamientos que una parte importante de la militancia sandinista había expuesto internamente. Al conocerlo, Ortega tuvo un ataque de furia porque asumió los planteamientos como una crítica contra él (furia que parece perdurar). Y ciertamente lo eran, en la medida que había iniciado la privatización y el desmontaje del frente, en función de sus entonces inconfesables propósitos.

La fundación del MRS,  en mayo de 1995, se da porque  aquel FSLN -el de la mística, el de Sandino, el que procuraba interpretar la realidad para actuar correctamente, el de las mayorías- definitivamente no existía más. Ortega lo había destruido, lo había despojado  del sandinismo, mudándolo a un proyecto familiar dinástico, en las antípodas de los principios que le habían dado origen.

Pero a 21 años de aquellos hechos, Ortega sigue adolorido. Y en su reducido vocabulario, y a falta de argumentos -porque es autoritario y no presenta ni debate ideas- sigue repitiendo los mismos calificativos de entonces. Con la diferencia que ahora está desnudado en su naturaleza dinástica y dictatorial, aferrado al continuismo en el poder, arropado por los millones de dólares de los que se ha apropiado y con la protección de una cúpula militar y policial cómplice de su proyecto. Él ha tenido un evidente cambio de bando, quienes nos separamos del orteguismo a causa de ello, seguimos fieles a los principios del sandinismo : soberanía, democracia, justicia social.

Ortega no dijo nada nuevo. No habló de los problemas actuales que preocupan a los ciudadanos. No habló del brote de dengue en Jalapa, del desempleo, de la inseguridad en el campo y que es creciente en las ciudades, de la destrucción de Bosawás, de de la carestía de la vida. No. Repitió peroratas y calumnias.

¿A plaza llena? Si. Somoza también llenó la plaza el 1 de mayo del 79, y a voz en cuello su militancia le coreaba “No te vas, te quedás!” Y ya sabemos que pasó pocas semanas después. Y el 21 de febrero de 1990, en el cierre de campaña del FSLN, en la plaza hubo más asistentes que los votos obtenidos cuatro días después.

 

Somocistas de nueva estirpe

El derrocamiento de la dictadura somocista no fue un milagro ni un hecho casual o espontáneo en la historia. Se gestó años atrás en la medida que el modelo del régimen se desgastaba y las crisis -sociales, económicas, políticas- eran recurrentes, se forjó paso a paso, poco a poco, acelerando cuando hubo que acelerar y asestando el golpe final cuando fue posible y necesario.

Fue una creciente marea social y cultural de lucha por el futuro, por la democracia desconocida hasta entonces, por la independencia, por una nueva sociedad quizás idealizada en los textos y en los discursos…Los jóvenes querían sencillamente vivir tranquilos, sin que las patrullas de la guardia los golpearan o asesinaran, ansiaban poder estudiar y divertirse sin riesgos, anhelaban la certeza de un porvenir distinto. Estaban hartos de los controles, de la violencia que el sistema les propinaba, querían ser escuchados sin censura, hablar libres de sexo, de economía, de la política, de la vida y sobre lo que les diera la gana sin ocultar sus opiniones. Llegar a adultos y no verse obligados a pertenecer a un partido para conseguir empleo. Querían vivir sin ataduras, solamente. Y los que estaban dispuestos a luchar sin tregua para lograrlo, eran cada día más.

Y al final fuimos miles. ¿Cuántos? No lo sé. Nunca nadie supo. Hay especulaciones, pero ninguna certeza. Cada contador de esta historia tiene la suya. Crecimos para llegar a estar en todas partes. Nos reuníamos y gestábamos la revolución en cualquier lugar: en un motel, en un cementerio, en un bar, en la calle, en una mansión, en nuestras casas, en el local del sindicato, en la escuela, en la iglesia, a la intemperie o cobijados en la noche. Y llegamos a ser una desafiante infinitud de brazos, de rostros, de nombres, de formas: palabra, pinta, volante, secreto, buzón, grito, disparo, discurso, canción, lluvia, tormenta. Éramos habitantes todos del compromiso y de la esperanza. Luchábamos por el futuro, un futuro que apenas acariciamos y después sólo imaginaríamos. Mujeres, hombres, viejos, jóvenes imberbes la mayoría. Intelectuales, obreros, curas, pastores, machistas, campesinos, neófitos, pretendidos redentores, veteranos, futuros arrepentidos, estudiantes, desempleados, buscavidas, lúbricos, puritanos, locos, cuerdos. Vivos postergando morir. Creíamos en lo Nuevo: Hombre Nuevo, Patria Nueva, Sociedad Nueva, ideas nuevas.

Pero la nostalgia de aquella gesta es inútil si no se aprende de las experiencias y el orgullo por haber participado en la lucha -en aquella lucha- es vanidad vacua, si se es complaciente con el presente. Y aunque el orteguismo no es una repetición exacta del somocismo, sí es posible establecer parangón porque la evidencia empírica arroja similitudes. Porque ¿qué era el somocismo si no el usufructo del estado en beneficio de un solo grupo económico?, ¿no era acaso el poder de una familia dinástica y el empleo de de la fuerzas represivas a discreción, y la reducción de las elecciones a farsas?, ¿el palo y el plomo para los enemigos, el asedio a la oposición y la plata para los débiles?

El somocismo renació -¿o acaso nunca murió?- y lo hizo -o se quedó- incluso en muchos de aquellos que en su momento lo enfrentaron, porque sus raíces, su cultura, su visión excluyente,  anidan en el atraso que los poderosos de ahora se empeñan en preservar y alimentan con el caudillismo, el clientelismo, la corruptela, la deficiente educación formal y la falta total de formación en ciudadanía. Esos mismos, somocistas de nueva estirpe,  que veneran la revolución del 79 en abstracto y la vilipendian en los hechos.

De igual manera que el fin del somocismo, el del orteguismo no será milagro ni casualidad. Su fin está inscrito en su propia génesis,  ya se gesta en sus propias entrañas.

(Los textos en cursiva son de mi novela autobiográfica Mi nombre es Efraim)

 

Almagro y el factor internacional

Tienen razón quienes afirman que el Secretario General de la OEA, no es más que un funcionario electo, un “empleado” dicen, en un afán de descalificar el actual desempeño de Luis Almagro. El punto es que quien ejerce dicho cargo, es un mandatario, encargado de velar por el cumplimiento de los postulados constituyentes y los acuerdos de la organización, así como mantener debidamente informado de ello a los órganos correspondientes, recomendando las acciones pertinentes.

La Carta Democrática de la OEA suscrita el 11 de septiembre del 2001, el mismo día que el mundo observaba estupefacto el acto de terror en New York contra la humanidad, es uno de los pilares fundamentales para la convivencia política en paz y con democracia en el continente americano. Y en consecuencia uno de los documentos guías de la actividad de dicho foro.

Pero quienes hoy saltan contra la actividad de Luis Almagro, lo hacen para intentar deslegitimar y desautorizar su gestión, toda vez que la misma se ha caracterizado por fiscalizar y denunciar la ruptura de la institucionalidad democrática en los países americanos, como lo hizo ante la destitución de la presidenta Dima Rousseff en mayo pasado.

El medio ambiente, la paz, los Derechos Humanos y el respeto a la democracia, son en el mundo actual, temas cuya vigilancia trasciende las fronteras formales de los estados nacionales y es asumida en gran parte por instancias multilaterales. De allí la importancia de la Carta Democrática que compromete a los estados americanos a observar la división de poderes, el orden y el respeto a las instituciones democráticas, los derechos fundamentales y la libertad de expresión.

Pero regímenes como el de Maduro o el de Ortega, son alérgicos a esos postulados, y reniegan -aunque no se atreven a decirlo con todas las letras- de los acuerdos que como estados han suscrito, en este caso Venezuela y Nicaragua, en el pasado. De allí la virulenta reacción de los voceros del orteguismo y del madurismo contra Almagro, que ha denunciado la caótica situación venezolana y ya ha expresado su preocupación y atención a lo que ocurre en nuestro país.

El factor internacional siempre ha desempeñado una incidencia fundamental en la lucha por la democracia y por la paz. Para no ir muy lejos basta recordar que en los estertores del régimen somocista, el 24 de junio de 1979, la OEA lo condenó y pidió su relevo inmediato, quedando de esa manera en evidencia el aislamiento internacional de la dictadura. Años más tarde, cuando el país se desangraba en la guerra civil, el brasileño Joao Baena Soares, entonces Secretario General de la OEA, fue uno de los testigos de las negociaciones por la paz entre el gobierno de Nicaragua y la Resistencia Nicaragüense iniciadas en marzo de 1988.

Pero si bien es cierto el factor internacional es de un peso invaluable en los hechos políticos domésticos, también es cierto que lo decisivo es el desenvolvimiento del conflicto interno en cada nación, si bien aquel puede acicatear su solución. De tal forma que las gestiones -legítimas y legales- de Luis Almagro, contribuyen sin duda alguna a concretar lo más pronto posible una salida democrática en Venezuela, pero será la lucha de las fuerzas democrática venezolanas la decisiva para concretar esa indispensable alternativa.

Eso vale para Nicaragua. Y la conducta cada vez más errática, despótica y de desprecio de Ortega hacia los actores progresistas de la comunidad internacional, sociedad civil y gobiernos democráticos, solo evidencia ante los ojos del mundo lo que los nicaragüenses ya sabemos y hemos denunciado: el orteguismo es una dictadura. Y no tardarán en manifestar su rechazo y condena cada vez más, distintas personalidades y entidades del mundo entero. A los nicaragüenses nos toca hacer lo propio.