Criminales libres y torturas

Estado de Derecho es un concepto, y por tanto una abstracción, pero su observancia o no, se manifiesta cotidianamente. Y cuando se expresa en asuntos de vida o muerte, su contundencia es mayor. De los hechos posteriores a los sucesos del pasado 26 de enero en el barrio San Luis, en el que resultaron dos policías y un delincuente muertos, se imponen reflexiones y preguntas impostergables

¿Por qué el delincuente muerto, ex policía, con un largo historial delictivo y condenas pendientes, estaba libre? ¿Por qué? Alguien debe explicarlo. ¿Cuántos más -criminales condenados- circulan libremente por las calles de nuestras ciudades y acaso planean ya el próximo delito?

Que el delincuente aniquilado sea un ex policía, egresado de la academia policial además, no es un asunto menor. Recibió entrenamiento e información, puesta al servicio del crimen. ¿Tiene que ver que haya estado libre  con su condición de ex policía?

En México ex policías se han distinguido como los más sanguinarios delincuentes vinculados al narcotráfico.

¿Cuáles son los criterios de la institución policial para integrar personal? ¿Hay medidas de control y contra chequeo para prevenir ser penetrados por el crimen organizado ? ¿ Hay y funciona una inspectoría de asuntos internos? ¿Se sanciona? ¿Por qué no hacen públicos sus informes?

¿Por qué los delincuentes capturados presentan evidentes señales de torturas?¿Por qué la policía tortura? (No es el primer caso).

Y, como se señaló en las redes sociales después de la comparecencia de los capturados ante la judicial, el órgano policial no tiene ningún empacho en presentarlos públicamente así. Como quien dice torturan y no lo esconden.

El argumento que pretende justificar las torturas por la indignación que ha provocado la muerte de los policías es primitivo y por tanto despreciable, porque la tortura es ante todo un acto de cobardía. Y si es practicada por la autoridad un doble crimen.No hay ninguna motivación, ninguna, que la justifique.

Obviamente no hay institución pública ni privada exenta de ser penetrada por criminales. Pero es obligación del Estado, y de las instituciones públicas correspondientes en primer lugar,  disponer de los mecanismos de prevención del delito. Y si este ocurre, la aplicación efectiva de la legislación penal, incluyendo el debido proceso y los derechos humanos de los reos y procesados. Por ello la tortura está constitucionalmente prohibida. Y nadie, delincuente o asesino incluso, debe ser torturado. Nadie.

Claro: esto es lo que debe ser. Pero en Nicaragua el Estado de Derecho es inexistente y su desmontaje ha ido aparejado a la corrupción moral que promueve y estimula el régimen.

Si hay un presidente que llegó a serlo violentando la Constitución -la misma que prohíbe la tortura- si él mismo ha sido acusado de delitos sexuales que “prescribieron”,  si se designan jefes policiales y militares, magistrados, jueces, procuradores y demás, en virtud de la fidelidad al gobernante y no sobre la base de la ley, la transparencia o la experiencia, es razonable pensar que se exime de penas a delincuentes o a policías que matan o torturan por la misma razón.

Por eso mismo la mayoría de la población, está indefensa. Por eso, usted o yo podemos ser la próxima víctima del crimen o -aunque sea paradójico- de un policía, como lo fueron los niños de Las Jaguitas.

 

Anuncios

TRUMP CONTRA EL MUNDO

Donald Trump es un espectáculo móvil. En él se resumen la política y el espectáculo. Lo que hace y dice es noticia donde quiera que vaya. Lo es -lo será más ahora por ser el presidente de Estados Unidos- por lo impredecible e histriónico. Por lo contradictorio en sí mismo.

Antes de y por encima de político, el ahora presidente, es empresario y como tal ha llegado a ser multimillonario, con inversiones en diversas partes del mundo. Las posee en al menos tres continentes: América por supuesto, Europa y como no, Asia. Subrayo diversas partes del mundo, ya verán por qué.

Lenin, el teórico y revolucionario ruso, argumentó en 1916, que una de las características consustanciales del capitalismo monopolista (imperialista) era la exportación de capital. Más allá de las derivaciones políticas del estudio leninista, la globalización, la transnacionalización de la economía con particular fuerza en las décadas finales del siglo veinte, confirmaron sus apreciaciones.

Sería inconcebible la fortuna de Trump sin que haya exportado capital, sin inversiones directas en el extranjero. Como lo serían las de Carlos Slim o la de Bill Gates. Por muy grandes que sean los mercados de origen de esos capitales, igual que muchos otros, se quedaron estrechos ante su propio crecimiento  en un mundo global que demanda y atrae inversiones foráneas.

Sin embargo, uno de los ejes de la campaña electoral de Trump -anuncio de su credo gubernamental- ha sido el proteccionismo estatal a las empresas nacionales de los EEUU frente a la competencia extranjera, pero también la cuasi obligatoriedad del retorno de muchas inversiones que habían migrado, so pena de pagar más impuestos, incluso exorbitantes.

Y esto tiene un doble objetivo: recuperar puestos de empleo en los propios Estados Unidos, especialmente en industrias emblemáticas como la automovilística, con las consecuencias sociales y políticas que ello conlleva y dar ventaja a su propia economía en el escenario de la competencia global.

Eso en sí mismo podría parecer no solo necesario, sino justo, si no fuese porque el mundo de hoy es diverso, la economía -y la vida- global y porque Trump desarrolla esas propuestas -políticas de gobierno- desde posiciones mesiánicas, anti migración y rozando el ultra nacionalismo. Necesita –en sus cuentas- depurar el mercado laboral estadounidense, invadido de migrantes ilegales, para que el sistema asimile la mano de obra y le ofrezca bienestar a sus trabajadores; requieren las empresas estadounidenses la protección del estado para ser competitivas. Propone, pide, grita: “Primero Estados Unidos”, como Hitler reivindicaba el verso del viejo himno alemán: “Alemania sobre todo”.

Es harto paradójico que mientras en el Foro Económico Mundial en Davos, el presidente de China –de la República Popular China, la de Mao, la que gobierna con mano de hierro el Partido Comunista- defiende el libre comercio y rechaza el proteccionismo, Trump dice lo opuesto. Es claro que aquellos comunistas no lo son más, pero Trump sigue siendo un capitalista.

El mundo asiste a una nueva etapa en el desarrollo de las contradicciones en el seno del capitalismo…y del “socialismo”. Por eso mismo la lucha por la democracia, de su establecimiento o perfeccionamiento, debe estar dotada de contenidos viables, realistas, en lo económico, en lo social, en lo cultural. Si no, surgirán nuevos Trumps criollos: populistas, enemigos de las libertades, mentirosos, mesiánicos.

A propósito ¿qué ha dicho Ortega de Trump? No ha dicho nada ni dirá nada, porque pretende evitarlo, pero sobre todo porque esconde el propósito de parecerle simpático.

(P.D) Escrito y ya publicado este artículo, se dieron el sábado 21 las formidables movilizaciones ciudadanas en distintas ciudades del mundo, y especialmente la de Washington, para decirle a Trump que no podrá hacer lo que se le antoje.

 

LA INMORALIDAD COMO GOBIERNO

La historia de Nicaragua, tan llena de sinuosidades en la búsqueda de la democracia y la libertad, ha nutrido el calendario de numerosas efemérides políticas. No hay mes en que falte alguna relevante. La mayoría de batallas o martirios, escasas las que celebran victorias o alegrías nacionales. Porque como Sísifo, dice el símil, el pueblo de Nicaragua cuando casi ha llegado a la cima, una y otra vez ha tenido que volver al inicio.

Empieza enero, y cómo no, apenas al décimo día se conmemora el martirio de Pedro Joaquín Chamorro, periodista y político que terca y consecuentemente enfrentó a la dictadura somocista durante décadas, con la palabra para denunciar y convocar, y cuando lo consideró necesario, con el fusil.

El 10 de enero de 1978, dieciocho meses antes de su derrocamiento, el somocismo, evidenciado como una dictadura sangrienta, mandó a asesinar a Chamorro. Fueron sicarios los que apretaron el gatillo de la escopeta, pero los autores intelectuales del magnicidio conspicuos miembros de la cúpula del régimen.

El asesinato de Pedro Joaquín, como el pueblo lo llamaba a secas, fue repudiado por toda la ciudadanía. Desató de inmediato innumerables demostraciones populares, incluso violentas, que continuaron ininterrumpidamente hasta la insurrección general que derrocó al somocismo en julio de 1979. Nada casual. La sociedad nicaragüense estaba preñada de contradicciones que pugnaban por resolverse. De una parte la dictadura somocista había aniquilado todo espacio democrático mediante farsas electorales y represión, contaba para ello con una guardia pretoriana, con cómplices disfrazados de oposición y disponía del erario, para sobornar y comprar. De otra parte, las fuerzas opositoras, plurales y multiformes, por décadas habían labrado de diferentes maneras el camino para conquistar la democracia.

Con el asesinato de Chamorro el somocismo demostró hasta donde era capaz de llegar. El grupo económico de los Somoza que ejercía el usufructo del estado en su beneficio particular y en clara ventaja de los otros sectores de la clase empresarial, también estaba dispuesto a eliminar, incluso físicamente, a cualquiera que osara enfrentarlo, indistintamente de su pertenencia social o arraigo.

Y se dio el estallido. Transcurrirían menos de dos años para que el pueblo nicaragüense acariciara el establecimiento definitivo –eso creímos, eso quisimos– de una sociedad democrática, moderna, respetuosa de la pluralidad inherente, que allanara la conquista de la justicia social.

En 1985 se instaló una Asamblea Nacional, con carácter constituyente y de legislación ordinaria. La Constitución que resultó de sus deliberaciones, estableció que las tomas de posesión de los electos a la presidencia y vice presidencia en los comicios a realizarse cada cinco años, serían el 10 de enero correspondiente. Homenaje explícito y merecido por supuesto, a Pedro Joaquín Chamorro, el Mártir de las libertades públicas, como lo reconoció la misma Carta Magna.

Este 10 de enero del 2017, tomarán posesión de la presidencia y de la vicepresidencia, Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, respectivamente. Él inicia así su cuarto período como gobernante, tercero consecutivo, y ella su primero en un cargo de supuesta elección. “Tomarán posesión” es un decir y el acto, lleno de parafernalia y frases vacuas a las que la Murillo es tan dada, solo es la parte final de la puesta en escena que empezó el 6 de noviembre con la farsa electoral.

La pareja Ortega-Murillo, es apenas el segundo caso en la historia de América Latina, en que quienes ostentan los máximos cargos del Poder Ejecutivo, comparten alcoba como matrimonio y en el que las principales decisiones de gobierno se toman –se supone– entre gemidos y arrumacos. Los argentinos Perón y María Estela Martínez eran hasta ahora el único.

Pero más allá del rasgo grotesco, más medieval que del siglo XXI que representa el acto de toma de posesión de la pareja Ortega-Murillo como reyezuelos de Nicaragua –con séquito y bufones incluidos–, es también una afrenta pública a la memoria de Pedro Joaquín Chamorro precisamente cuando se conmemora su muerte. Chamorro fue mandado a matar por luchar toda su vida contra todo lo que Ortega personaliza: continuismo en el poder, fraude electoral, nepotismo, corrupción y descaro político.

Daniel Ortega y con él su mujer, a lo largo de los últimos diez años han desmontado el Estado de Derecho que había empezado a construirse en Nicaragua, han entregado la soberanía nacional a un oscuro empresario chino para la supuesta construcción de un canal interoceánico, se han enriquecido ellos y sus adláteres aprovechando los recursos del Estado, han descompuesto la institucionalidad de la policía y el ejército para colocarlos a su servicio y perpetuar un régimen familiar. Pero sobre todo, y al mismo tiempo de lo anterior, han corrompido moralmente el ejercicio de la política, en nombre de la izquierda y de una falsa revolución.

Pero hoy como en 1978, se han acumulado en la sociedad nicaragüense, contradicciones insalvables, que tarde o temprano darán al traste con el régimen de Ortega, para que de una vez por todas en el país se establezca la democracia, se construya la justicia,y la ética y la moral en política. Para no ser más Sísifo, porque los pueblos no están condenados a cumplir el fatídico mito, aunque a veces lo parezca.

(Publicado en MUNDIARIO-España el 9.1.2017, con el título: Tarde o temprano, contradicciones insalvables darán al traste con el régimen de Ortega)