A 38 años Daniel Ortega resucitó el somocismo

El 19 de julio se cumplen 38 años del derrocamiento de la dictadura somocista. Sin duda la fecha más trascendente en la historia de Nicaragua. Sin embargo, su significado y sus consecuencias -incluso sus causas últimas- son todavía objeto de debate. Las opiniones divergentes surgen no solo porque como hecho político y social albergó las contradicciones de la sociedad nicaragüense. Se dan también porque muchos de sus protagonistas, como cronistas e historiadores, o mediante el testimonio, impregnan de su experiencia personal la narrativa y la interpretación de lo ocurrido.

Pero la mayor alteración ha provenido de los intereses propagandísticos del régimen de Ortega, que ha pervertido el análisis ecuánime de los hechos. Como dijo alguna vez Fidel Castro, “la historia es un sub producto de los hechos”. Y la versión oficial la escribe el poder, alterando o negando hechos, quitando o colocando protagonistas.

El derrocamiento del somocismo significó innumerables actos de heroísmo individual y colectivo, precisamente por eso se ha tendido a mitificarlo. O desde el otro lado, a satanizarse. Lo uno y lo otro, explicable en una sociedad dada a atribuir a causas providenciales los hechos extraordinarios. Pero no fue ni milagro ni suceso espontáneo. Fue el desenlace de un conflicto acumulado por décadas entre las fuerzas democráticas y la dictadura. Y así como esa jornada de lucha por la democracia no fue la primera, pues la historia precedente a julio del 79 es abundante en intentos políticos, guerrillas y alzamientos que enarbolaron las banderas democráticas, tampoco sería la última.

El derrocamiento del régimen somocista solo fue posible cuando se cristalizó la acción conjunta de las fuerzas democráticas y la incorporación masiva de la población en la fase final de la insurrección armada. Ello fue el resultado deliberado de la labor previa, coronado en un contexto internacional favorable en el que también se materializó un apoyo plural, igualmente pre concebido y cultivado. Así fue posible resolver en favor de la democracia, la contradicción principal que había gravitado en la sociedad nicaragüense desde la década de los años treinta: democracia vs. dictadura.

En lo social, la participación anti somocista abarcó un amplio arco que alcanzó los extremos la sociedad: desde los sectores de la burguesía excluida del usufructo del poder, hasta el lumpen proletariado. Un acierto indiscutible del FSLN -de la fracción insurreccional en particular- consistió en concretar esa alianza en lo político, sobre la base de un programa democrático que concitó un consenso nacional inédito e irrepetible hasta ahora

Y aunque el sandinismo fue la fuerza hegemónica, es necesario recordar -aunque parezca obvio- que no fue la única en la amalgama anti dictatorial.

En el plano político dos grandes bloques coincidieron en el objetivo de ese momento histórico. De una parte, el bloque de centroizquierda articulado en el Movimiento Pueblo Unido (MPU)-Frente Patriótico Nacional (FPN); y el de la derecha democrática agrupada en el Frente Amplio Opositor (FAO).

En lo militar, el FSLN con sus tres expresiones, tuvo el predominio absoluto, si bien en la insurrección final operaron unidades menores del Partido Socialista Nicaragüense (PSN) a través de la llamada Organización Militar del Pueblo (OMP), subordinadas al mando sandinista y minúsculos grupos del maoísta Movimiento de Acción Popular (MAP) que actuaron al margen.

Mención aparte ameritan los medios de comunicación y el gremio periodístico, que durante décadas fueron un vehículo cotidiano de denuncia contra los Somoza. ¿Como escamotear el papel jugado por La Prensa y su director Pedro Joaquín Chamorro? ¿O por Radio Corporación y otras emisoras? Aunque dicho rol haya sido indiscutible, ese aporte hoy la versión orteguista lo desdeña.

El derrocamiento del somocismo, que debió abrir paso a un proceso democrático, devino en la Revolución Popular Sandinista. De la hegemonía sandinista en la etapa final de la lucha contra a dictadura, se pasó al dominio del FSLN no más arrancar la década de los ochenta. El pluralismo político, uno de los tres pilares del programa convocante a la alianza anti somocista, muy pronto pasó a administrarse a conveniencia y solo se toleró en la medida que no pusiera en riesgo el nuevo poder.

Las consecuencias no tardaron. Ya en el primer año post somocismo, se inició una rápida decantación de las fuerzas políticas, esta vez en torno al nuevo conflicto sandinismo vs. anti sandinismo. Los errores cometidos en la gestión económica, la pérdida de la base social campesina y una temprana alineación con los países socialistas -pese al enarbolado no alineamiento en política exterior-, terminaron por destruir el consenso.

La abierta injerencia de la administración Reagan, fue un acicate a los restos del ejército somocista derrotado y a la inconformidad en el campo, la confrontación se radicalizó, las conquistas sociales naufragaron prontamente y sobrevino la guerra civil, cuyas consecuencias dividieron y desangraron el país hasta el límite.

Con el retiro del apoyo militar de la URSS -sometida ya a su propia crisis terminal, la economía del país destruida por la guerra y sobre todo con la mayoría ciudadana clamando un cambio, el FSLN se vio irremediablemente obligado a finales de los 80, a convocar elecciones adelantadas, mismas que fueron observadas como ninguna otra antes en la historia latinoamericana. Los resultados abrieron -de nuevo- la posibilidad de enrumbar al país hacia un proceso democrático, camino que el orteguismo aliado con el liberalismo corrupto, se encargaría después de destruir, de la misma manera que destruyó al viejo FSLN para convertirlo en una agrupación de dóciles, sometidos al mando de una familia.

Si bien el 19 de julio de 1979 significó el fin del régimen somocista, su herencia cultural sobrevivió en la práctica y en el sub consciente de importantes sectores de la población e incluso entre militantes y dirigentes del FSLN. La revolución no logró -si acaso lo intentó- desterrar esa herencia nefasta del somocismo. En los últimos diez años ha rebrotado bajo el poder orteguista, que ha revertido las conquistas democráticas y resucitó las prácticas y los anti valores del régimen derrotado en julio de 79.

Vino nuevo -y ya no tanto- en odres viejos, por eso -y tampoco esta vez por milagro- ya en irreversible proceso de descomposición.

(publicado en MUNDIARIO-España 14 de julio, 2017)

POR LA DEMOCRACIA, CONTRA LA CORRUPCION.

Hace aproximadamente dos décadas, llegó a mis manos un estudio patrocinado por una institución académica centroamericana, que sostenía que en América Latina, los costos para prevenir y sancionar la corrupción, superaban los recursos que por ella se perdían. Dicho estudio, abundante en datos, consideraba la corrupción un fenómeno circunscrito a la esfera de las instituciones estatales.

Dicha tesis, cuestionable desde el punto de vista ético, hoy también sería invalidada por las dimensiones financieras que ha alcanzado la corrupción y porque se ha expandido a la esfera privada.

La corrupción se ejerce de diversas maneras y está prevista en varios tipos penales: malversación de fondos, soborno, tráfico de influencias, peculado, nepotismo, fraude, cobro ilegal de comisiones, enriquecimiento ilícito. Tipos que pueden concurrir más de uno en una sola acción delictiva. Sin embargo, en todos ellos está presente la característica que, de acuerdo a Transparencia Internacional, define la corrupción: el uso y abuso del poder en beneficio propio, privado. Y se considera el poder en su acepción amplia, no solo en cuanto control gubernamental.

Mucho se ha dicho sobre las causas que provocan y posibilitan la corrupción. La certeza que habrá impunidad, o que sea muy probable que se de, aunque se haya delinquido, es la más común y deviene precisamente de que el hechor ejerce algún tipo de poder en la esfera pública o cuenta con su protección, misma que por cierto no es gratuita. El abandono de valores como la integridad, la ética y la obligación de rendir cuentas, que priva en diversos sectores de la población y en quienes detentan algún poder, es el terreno fértil para que la corrupción se establezca. El deterioro de estos valores es resultado tanto de su inobservancia, pese a las obligaciones que incluso por ley corresponde cumplir, como de su consciente desatención en la educación formal.

Un ejemplo: si quien ejerce el cargo de presidente en Nicaragua, no rinde cuentas de su gestión, ni en la Asamblea Nacional, ni en sus excepcionales comparecencias públicas, ni se expone a los cuestionamientos de los periodistas, ¿por qué debería hacerlo el funcionario de tercer nivel?

El caso Odebrecht, que ha sacado a flote una trama delictiva en diez países latinoamericanos, es el más claro ejemplo de como en la corrupción pueden coludir funcionarios públicos y empresarios. Pero también el caso demuestra que es posible que los casos de corrupción se conozcan, se ventilen ante la sociedad y óptimamente sus responsables sean sometidos a juicio y castigados, siempre y cuando haya funcionamiento de las instituciones democráticas y se respete la libertad de prensa.

El hecho que hoy se conozcan más casos de corrupción, es positivo en cuanto los corruptos, si bien pueden tener impunidad judicial, o pretenderla, están expuestos al escrutinio ciudadano. No obstante, la aspiración debe ser erradicar y, en todo caso reducir al mínimo, la corrupción. Eso solo es posible lograrlo en un contexto democrático.

El sistema democrático, entendiendo por este la independencia de poderes, la libertad de prensa y una sociedad civil beligerante, es el contexto más favorable para neutralizar, detectar y sancionar los actos de corrupción.

En la mayoría de los países de América Latina, donde la democracia funciona, no obstante las imperfecciones, la sociedad civil desempeña un creciente papel en la lucha contra la corrupción, mediante la denuncia, la formulación de propuestas normativas y sobre todo, con la activa movilización ciudadana. Las movilizaciones en Guatemala en el 2015, que llevaron a la renuncia destitución del presidente y la vice presidenta, constituyen hasta ahora la más importante experiencia en este orden.

En países donde la democracia ha sido desmantelada, como es el caso de Venezuela y Nicaragua, el establecimiento de regímenes autoritarios ha estado acompañado de la instalación de una corrupción sistémica. No es casual que en el informe de Transparencia Internacional del 2016, Venezuela, aparezca como el peor valorado en América Latina (lugar 166 entre 176 países) y Nicaragua no tan lejos (en el lugar 145).

Uruguay, donde se han sucedido tres gobiernos de izquierda en los últimos 12 años, pero en el que se respetan las reglas democráticas, es considerado el menos corrupto en América Latina. Le sigue Chile, donde se han alternado gobiernos de izquierda y de derecha, en los últimos 27 años. Las etiquetas ideológicas no funcionan para calificar a los corruptos.

La lucha por la democracia es también una lucha contra la corrupción. No se trata solamente de lograr que se respete la voluntad popular expresada en los votos, de establecer instituciones independientes, vigorosas y creíbles dirigidas por funcionarios probos, que administren justicia jueces íntegros y que haya absoluta y plena libertad de prensa y de organización. Se trata de establecer y normar debidamente, una cultura de la transparencia, de rendición de cuentas y de ética de los servidores, en los funcionarios públicos, en los organismos de la sociedad civil, en los partidos políticos, en los ciudadanos.

Razonamientos como “roba, pero hace “, “ es un compañero”, “pecó, pero es de los nuestros”, son inadmisibles en una sociedad democrática, porque apañan la corrupción. Erradicar la corrupción, hay que decirlo también, pasa por el castigo a los corruptos. El corrupto es un delincuente y como tal debe ser tratado, con independencia de su cargo, eficacia de su gestión o militancia partidaria.

 

 

Dos crímenes totalitarios, dos libros: El olvido que seremos y El hombre que amaba los perros

No suelo comentar libros ni mucho menos hacer crítica literaria, práctica esta última que me parece absolutamente necesaria, pero que requiere de quien la ejerce,  la sapiencia debida y una alta dosis de arrogancia intelectual. Yo no tengo la cualidad de la sabiduría y la arrogancia es un pecado que procuro no cometer.

Tampoco ahora comentaré ningún libro ni haré crítica. Solo compartiré los sentimientos y reflexiones que me han provocado en su momento dos libros sobre los que se estará hablando en Nicaragua en estos días.

Dos libros sobre dos crímenes, crímenes políticos, resultados del absurdo de la intolerancia uno y de desvaríos ideológicos el otro. Ambos conectados por su causa última y común, el miedo de los totalitarios. Totalitarios cuyos afines y ellos mismos, todavía gravitan en el escenario latinoamericano.

Carta a una sombra, filme basado en la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad Facioline, se presentará como parte del evento Centroamérica Cuenta 2017.

Hace algunos años, cuando terminé de leer El olvido que seremos, escribí : “es un libro que deberíamos leer todos los hijos”. Quiero decir que todos deberíamos leerlo como hijos, porque todos lo somos. Y los latinoamericanos hijos, ciudadanos de países, además, en los que la violencia ha sido la vía principal para dirimir los grandes conflictos sociales, pero también a la que han recurrido grupos mafiosos -desde el poder y fuera de él- para preservar sus intereses.

Es este un libro de amor, un libro del amor que don Héctor -el médico, el humanista- prodigó a su hijo, a su familia, a la humanidad y del recuerdo amoroso de Héctor hijo, hacia su padre asesinado, una víctima más del drama que vivió Colombia durante las décadas pasadas y del que apenas empieza a salir.

A partir de su propia experiencia dolorosa, Héctor -el hijo, el escritor- nos hilvana el contexto en que él y su familia vivieron tan inmenso dolor .

La violencia que vivió Colombia –y de la que aún no termina de liberarse totalmente porque delincuentes con el ropaje de guerrilleros revolucionarios, persisten en un despropósito- tiene sin duda profundas causas sociales, pero se vio prolongada en el tiempo y con ello multiplicada su secuela de odio, desarraigo, dolor y daños materiales, porque las cúpulas paramilitares,  las del narcotráfico, de las FARC y el ELN, hicieron de ella un negocio.

Pero El olvido que seremos también debe ser leído a la luz de la necesidad de la paz. De la paz para que no haya víctimas como el doctor Abad Gómez, ni necesidad de defender los derechos humanos porque serán respetados. Por eso cuando digo paz, digo también democracia, justicia social. A riesgo de parecer retórico, hay que repetir que estas son condiciones para aquella, y corresponde en primer lugar a los que como quiera que sea han llegado al gobierno, la responsabilidad de respetarlas o lograrlas. En caso contrario, el ciclo volverá y nunca se sabe cuánto dura y cómo terminará.

El hombre que amaba los perros, del escritor cubano Leonardo Padura será comentada en Managua en las próximas semanas por tres intelectuales, en un foro organizado por el PEN Club de Nicaragua.

La historia oficial de la ex URSS no mencionaba el papel de León Trotski como dirigente revolucionario. Lo ignoró y lo eliminó de los murales alusivos a la revolución rusa, habiendo sido él uno de los más brillantes cabecillas de tal hecho. Se le calificaba como traidor, sin demostrar y explicar nada, no más el empeño en desacreditarlo. La presunta traición fue la razón –suficiente según Stalin y los estalinistas que lo sostienen todavía, porque los hay- para mandarlo a asesinar. Y es que en nombre de revoluciones libertarias se ha asesinado, previa estigmatización de traidor, a camaradas de lucha que advirtieron los abusos y los peligros interiores provenientes del poder. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Además de la calidad literaria de la novela de Padura, que nos lleva de la mano por tres historias a la vez, pero con la del asesino de Trotski como eje, su principal mérito es presentarnos los hechos desde el lado de Mercader en su vejez, tomando radical distancia de las versiones oficiales que en Cuba, como en la antigua URSS, distorsionan la historia, alterando o soslayando los hechos. Ramón Mercader es el hombre que amó los perros, el asesino que vivió largo tiempo en La Habana, protegido bajo otro nombre. Antes, en 1960, luego de haber cumplido condena por 20 años en México, había viajado a Moscú a recibir la ciudadanía soviética, el grado de coronel de la KGB y el nombramiento de Héroe de la URSS. Nikita Jruschov, el mismo que denunció muchos de los crímenes de Stalin, fue quien lo distinguió.

El asesinato de Leon Trotski, es una vergüenza que  cae sobre esa “izquierda” necia y prehistórica, que incapaz de asumir con espíritu crítico las lecciones del pasado, persiste en ver traidores, imperialistas, vende patrias y similares, en quienes asumimos la crítica y la democracia, como valores y prácticas indispensables para hacer política honesta. Es la misma que con sus garrafales y recurrentes errores llevó al fracaso los experimentos socialistas, la misma que en nombre de presuntas revoluciones todavía es capaz de asesinar, como en Venezuela ahora. Es la misma que nunca entendió que  democracia y libertad se suponen mutuamente y que sin ellas las propuestas del socialismo, son imposibles.

La película El Elegido es una versión sobre el magnicidio, que recrea con bastante fidelidad los hechos. Sin que la sustituya, ni mucho menos, es una manera de ver parte de lo que se cuenta en la novela de Padura. De ella me queda el grito desgarrador de Trotski, cuando el asesino le clava el piolet en la cabeza “porque el partido y el camarada Stalin, así lo habían decidido”.

 

En Nicaragua: “gracias a Dios, al comandante y a la compañera

Si nos atenemos a las declaraciones de los funcionarios públicos nicaragüenses, o a lo que dicen simpatizantes del gobierno, todo lo bueno que ocurre en el país, es “gracias a Dios, al comandante y a la compañera”, porque así lo “orientaron” estos últimos. No importa si es la captura, la liberación o el asilo de un delincuente, la limpieza del parque comunal, el goce de un prolongado fin de semana o que nadie murió en el país por la gripe porcina. En ello no hay nada casual.

Cuenta  Ryszard Kapuscinski, en el monumental reportaje global Viajes con Heródoto, que una de las cosas que más le impresionó en la China de los años cincuenta, fue la dificultad de auscultar en las verdaderas opiniones de los funcionarios y ciudadanos chinos, porque a todo respondían con las muletillas de “como señala el dirigente Mao…”  o “siguiendo las indicaciones del dirigente Mao…”. Todo era como era por la voluntad del Gran Timonel. Para entonces, en la extinta URSS el culto a la personalidad de Stalin estaba en la cima, sin embargo, por autocensura o porque la URSS no figuró en ese periplo, el polaco no la refiere.

El culto a la personalidad es un producto -concebido y diseñado- de los aparatos propagandísticos de regímenes totalitarios, que incorpora en la narrativa oficial como una verdad indiscutible, que los hechos sociales, trascendentes y nimios, los supuestos aciertos y las grandes obras, ocurren por la voluntad o la sabia visión de quien ejerce el poder, cuyo desempeño histórico, además, es sobredimensionado hasta la deificación. El empleo del recurso de la divinidad –por alusión directa o por asociación- se hace para reforzar el poder terrenal. El culto al líder -o lideresa- es un componente sustancial de la ideología que se pretende establecer como cultura única y soporte del régimen que se pretende eternizar.

El culto a la personalidad solo se da en regímenes totalitarios, aunque la sola existencia de estos no lo presupone. Está claro que su práctica es incompatible en las sociedades democráticas, en las que con distintos grados de perfección, prevalece la institucionalidad y la voluntad ciudadana.

La característica definitoria de los regímenes totalitarios es la concentración de poder en la cúpula, sea una  junta militar, la familia o el grupo que lo detenta en ejercicio de una supuesta representación. Pero siempre la cúspide del poder está personalizada. En China fue Mao, en la URSS, Stalin, en la ex Yugoslavia, Tito; en Cuba, Fidel; en Rumanía, Ceausescu.

En todos los casos, los apelativos acuñados han sintetizado el papel protagónico y supuestamente determinante que se les atribuyó: Mao era el Gran Timonel, Stalin literalmente el Hombre de Acero, Fidel El Caballo, Ceausescu el Visionario.

En Nicaragua, en los últimos diez años la promoción del culto a la personalidad ha ido de la mano a la concentración de poder en la pareja Ortega-Murillo y del establecimiento de un cuasi monopolio de los medios de comunicación.

Este culto a la personalidad tiene al menos dos rasgos particulares. Uno es que se rinde  a Daniel Ortega y simultáneamente a Rosario Murillo, quien ejerce como alter ego y vocero de aquel. De esta forma, y por la afinidad que les une, se ha cultivado a través de varias vías -pero con la auto referencia cotidiana como una de las más importantes- la figura de  la Murillo como la exclusiva receptora y continuadora de los supuestos valores que su esposo representa. Él, el comandante presidente, el líder; ella, la compa, la compañera, la eternamente leal. Se ha promovido el binomio, pero apuntando a posicionarla a ella en el imaginario colectivo como la heredera indiscutible del poder, hecho además que se pretendió legalizar en la farsa electoral del 6 de noviembre pasado.

Otra característica es el empleo del factor religioso y las permanentes alusiones a Dios, como recursos funcionales del culto a la pareja Ortega-Murillo. Se coloca al dúo en el mismo nivel de la divinidad como hacedores de la historia. La carencia del aval institucional de la Iglesia Católica en un país mayoritariamente católico a esta figura, es un factor que ha debilitado este componente, pero no lo ha  inutilizado del todo.

Lo religioso, incorpora además, en un curioso eclecticismo, elementos esotéricos. Numerosos árboles de lata, pésimas copias de los Arboles de la Vida de Gustavo Klimt, instalados en las principales vías de las ciudades  y los singulares diseños de ornamentos  públicos, son los símbolos corpóreos más conocidos de este rasgo, pero no los únicos.

Sin embargo,  el factor geográfico y el contexto histórico en que se promueve el culto a la pareja que detenta el poder en Nicaragua no le es favorable. Si bien no alcanza los extremos ridículos que se dan en Corea del Norte ni las extravagancias que practican algunos dictadores africanos, no es por falta de voluntad de sus promotores, es porque incurrirían en el ridículo facilitando el rechazo popular.

La sola existencia de fronteras terrestres con dos países y el constante flujo migratorio con estos y otros fuera de la región, permite el acercamiento de los ciudadanos nicaragüenses  a realidades políticas y culturales distintas, que le posibilitan una aleccionadora comparación.

De otra parte, la penetración de los medios de comunicación internacionales está fuera del control del régimen y las redes sociales son un escenario de resistencia y cuestionamiento al discurso oficial. En ambos espacios el orteguismo está  a la defensiva. Controlarlos, censurarlos o prohibirlos, le acarrearía altísimos costos políticos, pero no debe descartarse que intenten hacerlo en el futuro.

Sin embargo, lo más relevante y la debilidad estructural del culto orteguista y de su propaganda, es que no se corresponden con la dinámica social. En este caso, como en otros, si bien el falseamiento de la realidad puede  ser temporalmente eficaz, históricamente está condenado al fracaso. Por eso las dictaduras caen, tarde o temprano, pero siempre caen.

(Publicado en MUNDIARIO-España el 30 de abril, 2017)

Se caen las mentiras de Daniel Ortega

Hace algunos años, un político español -de izquierdas para más señas-, comparaba las personalidades del presidente venezolano Hugo Chávez, entonces en el pináculo de su carrera política y de Daniel Ortega. Decía que Chávez podía llegar a ser incluso simpático, que administraba de forma desordenada los recursos de los que disponía, en cambio el nicaragüense por mucho que se esforzaba, no lograba generar simpatía genuina en sus interlocutores y que siempre estaba buscando recursos, los que igualmente mal administraba o desaparecía. Finalmente decía, Chávez, para bien o para mal, hace lo que dice, Ortega en cambio, o hace lo contrario a lo dicho, o muy pronto se desdice. Miente a menudo  de forma rampante sellaba.

Individualidades aparte, la demagogia y el cinismo son inherentes al populismo. Y si bien siempre encuentran caldo de cultivo por doquier, tienen mayores posibilidades de tener éxito -que siempre será temporal y parcial- en las sociedades que sufren mayor atraso educativo. Ello explica el porqué el populismo, en todas sus variantes, mantiene el atraso a conveniencia o, en el caso de las expresiones más autoritarias, controla y manipula la educación formal, que la asume como parte del aparato de propaganda.

En Nicaragua, el orteguismo que ejerce un control absoluto de la educación formal pública, incluyendo la universitaria, y cuasi absoluto de los medios de comunicación, ha hecho de la divulgación gubernamental un acto cotidiano de propaganda y de los contenidos educativos -programas y textos- una  labor sistemática y permanente de culto a la personalidad de la pareja Ortega-Murillo, a quienes presentan como los exclusivos gestores y autores de la pasada épica revolucionaria y de  todo “lo bueno” que hoy ocurre en el país.

Dos ideas centrales figuran de forma transversal en la narrativa cotidiana orteguista. La primera es  que la gestión del gobierno contra la pobreza es exitosa, beneficiando a la población de logros sociales y la otra  es la reivindicación de la legitimidad del  gobierno, democrático y respetuoso  de los derechos de los nicaragüenses, dicen.

Si bien hay sectores de la población nicaragüense, especialmente los beneficiados con las acciones asistencialista del régimen que son todavía su base política activa y hasta hace poco la denuncia provenía solo de la oposición política a Ortega y de expresiones de la sociedad civil, hoy el mentís a las falacias oficiales es cada vez más generalizado y contundente.

Hace pocas semanas el PNUD dio a conocer el Informe sobre Desarrollo Humano 2016. Dicho informe, que se elabora sobre la base de las cifras que proveen los gobiernos nacionales, evalúa una serie de variables a fin de concluir el grado de bienestar económico, social y cultural de la población. En este informe Nicaragua ocupa el lugar número 124 de un universo de 188 países. Hace 10 años figuraba en el 112.

Dicho de otra manera: la gestión del régimen de Daniel Ortega que asumió la presidencia en enero del 2007, ha sido ineficaz y Nicaragua ha retrocedido 12 escalas en 10 años, en la satisfacción de las necesidades básicas de la población, que es –según el mismo informe- un 35 % pobre en el segundo país más pobre de América.

De otra parte, Ortega fue oficialmente reelecto en los comicios del 6 de noviembre del 2016, de los que fue arbitraria e ilegalmente excluida la auténtica oposición y en los que se experimentó un 70 % de abstención. Difícilmente puede reconocerse como legítimo un gobierno que surge en esas circunstancias.

Pero hay más. En febrero pasado el Parlamento Europeo emitió una resolución en la que recuerda al estado de Nicaragua la “necesidad de respetar los principios del Estado de Derecho, la democracia y los derechos humanos” e instó a la Unión Europea  a “vigilar estrechamente la situación en el país y a adoptar, si fuera necesario, medidas concretas”. Medidas que solo asoman en el terreno de recorte a la cooperación económica.

En Washington, el miércoles 5 de abril, 25 congresistas, entre  republicanos y demócratas, presentaron para su discusión, una nueva versión del proyecto de ley conocido como Nica Act (Nicaraguan Investment Conditionality Act) que retoma la iniciativa presentada en la legislatura pasada  que no logró ser discutida.

La Nica Act, en esta nueva versión, plantea de manera más categórica al régimen de Ortega la necesidad de restablecer el estado de derecho y la democracia, respetar las libertades ciudadanas, así como investigar y castigar la corrupción en las instituciones estatales. En caso contrario, todos los préstamos al gobierno nicaragüense en los organismos financieros internacionales, no serán aprobados por EE UU, “excepto por razones humanitarias, o para promover la democracia en Nicaragua”. Y, después de 90 días de aprobada la ley, EE UU daría a conocer un informe sobre la corrupción en Nicaragua.

El Informe del PNUD, la resolución del Parlamento Europeo y el proyecto bipartidario de la Nica Act en el Congreso de los EE UU, demuestran que el discurso de  Ortega se ha agotado. En Nicaragua no hay ni democracia ni superación de la pobreza. Es la corrupción la que se ha instalado.

Como decía el político español citado al inicio, Ortega miente a menudo. La diferencia es que ya no engaña.

(Publicado en MUNDIARIO, España 7.4.2017)

Cúpula de C x L pagó precio por personalidad

El pasado domingo Ciudadanos por la Libertad realizó su primera Convención, en ella eligió su Comité Ejecutivo Nacional. Se coloca así a las puertas de recibir su personalidad jurídica de parte del CSE. En el evento llamaron la atención varios hechos, entre otros, la escasísima presencia de mujeres y jóvenes en el órgano electo, y que los convencionales hayan escogido de forma unánime como presidenta, a doña Carmella María Rogers Amburn, conocida entre sus amigos antes y en el mundo político ahora, como Kitty Monterrey.

Como se sabe, Ciudadanos por la Libertad es el nombre que adoptaron los ex miembros del PLI, liderados por Eduardo Montealegre una vez que fueron despojados de la casilla legal de ese partido, en otra de las triquiñuelas a las que Daniel Ortega recurrió para evitar sobresaltos en la farsa electoral de noviembre pasado.

Aquel PLI, junto con el MRS, personalidades independientes y otras fuerzas, conformaban la Coalición Nacional por la Democracia, una opción electoral -que en medio de todas las dificultades- prontamente había empezado a mostrar músculo, especialmente con la fórmula de Luis Callejas y Violeta Granera. Tanto así que el despojo a Montealegre de la representación legal del PLI, mediante la sentencia de marras, fue tres días después que se oficializara dicha fórmula.

Aquella sentencia del 7 de junio del 2016, fue la última palada de tierra que el orteguismo lanzó sobre las ruinas del sistema electoral nicaragüense, que él mismo junto con A. Alemán habían ya desnaturalizado y corrompido.

Excluidas del proceso electoral, a las fuerzas aglutinadas hasta entonces en la Coalición Nacional por la Democracia, les quedaban dos caminos: el de la unidad, la resistencia cívica y la movilización ciudadana para lograr elecciones transparentes, sin exclusiones. O el camino contrario, el de la claudicación: abrirse a los halagos del orteguismo y romper la unidad de la oposición.

El MRS, connotados liberales y la independiente Violeta Granera, ex candidata a la vice presidencia, tomaron el primer camino. Seducidos o amenazados (para todos los efectos el resultado es el mismo), la cúpula de los ex PLI optaron por el otro: rompieron la unidad de la oposición y besaron el látigo que les había azotado al arrebatarles la legalidad primero, y despojar de sus curules, inmediatamente después, a 28 diputados opositores electos en su casilla. Lo hicieron, negociaciones mediante, ahora se sabe a cambio de qué.

En septiembre del 2016 -dos meses antes del fraude electoral- los ex PLI, denominados ya Ciudadanos por la Libertad, anunciaron que se conformarían como partido político, solicitarían su personalidad jurídica y participarían en los anunciados comicios municipales de noviembre del 2017. Emergía como líder –directora le llamaron- doña Kitty Monterrey, ya que se anunció el retiro de la política –dicen que definitivo- de Eduardo Montealegre. El ex candidato presidencial Luis Callejas, uno de los líderes en ascenso, se distanció en rechazo a las disposiciones claudicantes y sectarias de la cúpula de CxL

La señora Monterrey, que parece ser la artífice intelectual de las posiciones de Ciudadanos por la Libertad, ha intentado explicar sus decisiones de participar en el juego político del orteguismo, sobre la base del argumento simple de “esto es lo que hay y hay que tomarlo”, apostando a lo que presuntamente logrará la OEA y renunciando a la movilización ciudadana. Todo ello pese a que las condiciones electorales –que posibilitan el fraude y mantienen ilegalizados a varios partidos- no han variado un ápice en los últimos procesos electorales y, por el contrario, Ortega ha afianzado su concentración de poder dinástico y asegurado la sucesión continuista, en parte precisamente a que hay políticos que participan de la coreografía que se dirige desde El Carmen.

Mención aparte necesitan las razones de la señora Rogers para sustentar su negativa a establecer alianzas con el MRS y torpedear, a partir de allí, la unidad de la oposición. Doña Carmela es recurrente en afirmar que hay diferencias ideológicas entre C x L y el MRS. Sin duda las hay, pero no solo: también hay diferencias de cómo se asume la ética política. Si no existiesen esas diferencias, ella sería miembro del MRS o los miembros del MRS estaríamos en C x L. El punto es que, carente de argumentos políticos convincentes –porque no hay-, que expliquen el precio que han pagado por la concesión orteguista de otorgarles la personalidad jurídica, se refugia en ataques y en insinuaciones peligrosas. Así no se hace política democrática y honesta, Kitty. Si se tienen genuina vocación democrática y ética política, la única alternativa es sumar fuerzas para lograr el objetivo de establecer la democracia en Nicaragua, que solo podrá ser resultado de la acción ciudadana.

Es prerrogativa de ellos –de la cúpula de CxL- hacer política como quieran, pero que no pretendan engañar a la ciudadanía y asuman con entereza el costo de ser los nuevos colaboracionistas del régimen.

Porque la historia es tozuda y ya se ha aprendido la lección, en las fuerzas que conforman el FAD, confluyen conservadores y liberales de cepa, sandinistas de distintas generaciones y personalidades de indiscutible coherencia política, que han optado por  la movilización ciudadana y el rechazo categórico e inequívoco al orteguismo y sus maniobras.

No tengo dudas que en el camino, centenares de hombres y mujeres genuinamente demócratas e invulnerables a presiones y ofertas provenientes del poder, que están hoy en C x L, se sumarán a la lucha ciudadana hasta conquistar la democracia.

 

Criminales libres y torturas

Estado de Derecho es un concepto, y por tanto una abstracción, pero su observancia o no, se manifiesta cotidianamente. Y cuando se expresa en asuntos de vida o muerte, su contundencia es mayor. De los hechos posteriores a los sucesos del pasado 26 de enero en el barrio San Luis, en el que resultaron dos policías y un delincuente muertos, se imponen reflexiones y preguntas impostergables

¿Por qué el delincuente muerto, ex policía, con un largo historial delictivo y condenas pendientes, estaba libre? ¿Por qué? Alguien debe explicarlo. ¿Cuántos más -criminales condenados- circulan libremente por las calles de nuestras ciudades y acaso planean ya el próximo delito?

Que el delincuente aniquilado sea un ex policía, egresado de la academia policial además, no es un asunto menor. Recibió entrenamiento e información, puesta al servicio del crimen. ¿Tiene que ver que haya estado libre  con su condición de ex policía?

En México ex policías se han distinguido como los más sanguinarios delincuentes vinculados al narcotráfico.

¿Cuáles son los criterios de la institución policial para integrar personal? ¿Hay medidas de control y contra chequeo para prevenir ser penetrados por el crimen organizado ? ¿ Hay y funciona una inspectoría de asuntos internos? ¿Se sanciona? ¿Por qué no hacen públicos sus informes?

¿Por qué los delincuentes capturados presentan evidentes señales de torturas?¿Por qué la policía tortura? (No es el primer caso).

Y, como se señaló en las redes sociales después de la comparecencia de los capturados ante la judicial, el órgano policial no tiene ningún empacho en presentarlos públicamente así. Como quien dice torturan y no lo esconden.

El argumento que pretende justificar las torturas por la indignación que ha provocado la muerte de los policías es primitivo y por tanto despreciable, porque la tortura es ante todo un acto de cobardía. Y si es practicada por la autoridad un doble crimen.No hay ninguna motivación, ninguna, que la justifique.

Obviamente no hay institución pública ni privada exenta de ser penetrada por criminales. Pero es obligación del Estado, y de las instituciones públicas correspondientes en primer lugar,  disponer de los mecanismos de prevención del delito. Y si este ocurre, la aplicación efectiva de la legislación penal, incluyendo el debido proceso y los derechos humanos de los reos y procesados. Por ello la tortura está constitucionalmente prohibida. Y nadie, delincuente o asesino incluso, debe ser torturado. Nadie.

Claro: esto es lo que debe ser. Pero en Nicaragua el Estado de Derecho es inexistente y su desmontaje ha ido aparejado a la corrupción moral que promueve y estimula el régimen.

Si hay un presidente que llegó a serlo violentando la Constitución -la misma que prohíbe la tortura- si él mismo ha sido acusado de delitos sexuales que “prescribieron”,  si se designan jefes policiales y militares, magistrados, jueces, procuradores y demás, en virtud de la fidelidad al gobernante y no sobre la base de la ley, la transparencia o la experiencia, es razonable pensar que se exime de penas a delincuentes o a policías que matan o torturan por la misma razón.

Por eso mismo la mayoría de la población, está indefensa. Por eso, usted o yo podemos ser la próxima víctima del crimen o -aunque sea paradójico- de un policía, como lo fueron los niños de Las Jaguitas.