Algunas enseñanzas de la crisis de la socialdemocracia europea

La socialdemocracia, variada, vieja y todavía fuerte corriente política, sufre una ya prolongada crisis. Crisis que es particularmente grave y evidente en Europa. Los resultados obtenidos por el Partido Social Demócrata Alemán en las elecciones de septiembre pasado y el impasse sobre su participación o no en una coalición para gobernar, prolongado durante meses, constituyen el elemento más notorio del último año.

Desentrañar las causas de esa crisis, y en consecuencia las soluciones, no es sencillo. Las causas son muchas y muchas también -en tanto diversas-, las respuestas que se requieren para superarla.

Sería un error presentar el panorama como tabla rasa. No. Hay diferencias entre el estado de la social democracia en la Europa del Norte, por ejemplo, al estado de la misma en Alemania o en la Europa latina. Pero en el panorama actual, los gobiernos socialdemócratas, o en los que estos participan, son considerablemente los menos.

Mientras el Partido Social Demócrata Sueco gobierna -todavía- con holgada comodidad, y en Noruega los laboristas lograron en el 2017 una escasa mayoría, otra situación es la que se vive en el centro y en el sur de Europa.

Los resultados de septiembre del 2017 para el Partido Social Demócrata confirman su declive de los últimos 20 años. En 1998, con Gerhard Schröder como candidato, logró su máximo histórico con un 41% de los votos. En  las elecciones de septiembre del 2017 obtuvo el 20.5%  (la mitad  de aquel lejano 41%).

En España, entre el 2008 y el 2016, el PSOE vio disminuido su caudal electoral en casi 6 millones de votos: de los 11.289.335 que logró en las elecciones generales, cuando fue electo para un segundo período José Luis Rodríguez Zapatero, a los 5 millones y medio que logró Pedro Sánchez como candidato en junio del 2016.

En Francia, en el 2012, Francois Hollande obtuvo (en segunda vuelta) el  51,7% de los votos, frente al 48,3% de Nicolás Sarkozy. En 1988, Francois Mitterrand, había iniciado un segundo período con el 54% de los votos. Pero el año pasado, el Partido Socialista perdió el gobierno  con el peor resultado de los últimos 50 años al lograr  un exiguo 6% de los votos.

Ya antes, el PASOK, de Grecia, había experimentado un gradual descenso en su caudal electoral: de un promedio sostenido de un 42%  entre 1981 y 2009, cuando inició su debacle, hasta un catastrófico 4,79% en el 2015.

¿Que ha pasado? ¿Cómo es posible que fuerzas tan emblemáticas como el PSOE o el PASOK, baluartes de la construcción de la democracia en España y Grecia, vean descender su influencia así? ¿Por qué la socialdemocracia, la fuerza política que construyó el estado de bienestar en Europa, ha experimentado este derrumbe?

La primera gran enseñanza que salta ante todos, es que en las sociedades democráticas, ninguna mayoría es inmutable y que por lo tanto, obtenerla y preservarla, es tarea diaria de los partidos políticos.

El contexto mundial de la globalización, afianzado y acelerado en los últimos 20 años, ha conllevado transformaciones económicas, culturales, sociales y políticas. Y con ello nuevos problemas, nuevos desafíos. Esto es particularmente cierto en Europa, donde se vive el más avanzado proceso de integración. La relativización de la soberanía de los estados nacionales frente a las entidades supranacionales, la unidad monetaria, el libre comercio y tráfico de personas, son realidades y avances indiscutibles, pero no han eliminado las diferencias de desarrollo y de nivel de vida entre los países y a lo interno de cada uno.

La socialdemocracia ha sido clara y consecuente en que es europeísta y defensora de la integración -frente a una derecha ultranacionalista y separatista-, pero no tiene todavía una propuesta acabada de cómo lograr una Europa integrada, solidaria, con estados nacionales fuertes y en progreso, que no esté sometida a la lógica neoliberal  que marca el gran capital financiero internacional.

Los flujos migratorios desde los países árabes y africanos, unido a la movilización de ciudadanos europeos hacia los países con economías más sólidas, son una presión permanente, especialmente sobre Alemania y los países nórdicos. Son, de lejos, actualmente el principal problema social en el continente. Frente a ello no ha habido una respuesta diáfana y consistente de la socialdemocracia. La pregunta ¿cuál y cómo debe ser la política migratoria europea, interna y externa?, sigue planteada.

Los dirigentes de la ultraderechista alemana, AFD, suelen repetir el lema “Nuestros pobres primero”, en el afán de erigirse en los defensores de  los pobres de Alemania. Pobres y capas medias bajas que, por cierto, ven en los refugiados o inmigrantes europeos, una amenaza que les podría arrebatar sus puestos de trabajo o por quienes sus beneficios sociales podrían verse disminuidos. Esto lleva a la siguiente pregunta : ¿No representa  la socialdemocracia a los pobres? ¿ha dejado de hacerlo?

En algunos países se percibe una separación entre las prioridades y las exigencias de la dirigencia socialdemócrata y la masa votante. Para decirlo de otra manera entre “la alta política” y la “vida diaria” de las mayorías.

En diciembre pasado, en la conferencia internacional realizada en la víspera del  congreso ordinario del SPD, Sigmar Gabriel, hasta hacía poco su presidente, señalaba que ellos habían mantenido en alto, coherente y correctamente,  las banderas  de los derechos de la comunidad de la diversidad sexual y el tema ambiental. Sin embargo, la que fue la principal demanda de los trabajadores durante muchos años, la necesidad de una ley de salario mínimo, la habían mantenido en un segundo plano. Fue hasta en el 2015  -con el impulso socialdemócrata, como no- que se aprobó la ley correspondiente.

Pero no solo es la ultraderecha la que disputa la representación de los más pobres y de las capas medias bajas a la socialdemocracia, como lo hace el Frente Nacional en Francia o la AFD en Alemania. También desde el lado izquierdo surge competencia. Así en España irrumpió con fuerza Podemos y en Grecia Syriza.

Las fuerzas social demócratas han ejercido la lucha parlamentaria con vigor, pero en la mayoría de los casos sacrificando la acción política cotidiana, el trabajo cara a cara con los ciudadanos. Su presencia en las calles se reduce a las campañas electorales. Mientras, la competencia, de derecha y de izquierda, sí recurre a las  demostraciones, a la política cercana al ciudadano de a pie. No es posible que los ciudadanos solo sean apelados para solicitar  su voto. No es políticamente correcto ni estratégicamente sostenible.

La socialdemocracia está obligada a realizar un profundo proceso de reflexión ideológica y encontrar respuestas a viejos y nuevos problemas con los principios de siempre, con los que nació. El progreso, la democracia, la equidad, la libertad y la autodeterminación, son propósitos válidos en un mundo que es -tiene que ser y lo seguirá siendo- global, interconectado e interdependiente.

(Publicado en Mundiario-España, 22 de marzo del 2018)

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Cien años de una revolución que se fue

Frente al imponente edificio de la Universidad Lomonósov, en Moscú, el pintor peruano –comunista para más señas- preguntó a la catedrática soviética:  “¿Cuáles son las corrientes actuales más importantes en la plástica rusa?”. La doctora en artes, entre sorprendida e indignada, respondió “¡En la URSS, solo hay una: el Realismo Socialista !”. Corría el año 1976.

Casi para esos mismos días, los partidos comunistas de España, Francia e Italia, los dos últimos especialmente poderosos, renunciaron abiertamente a la premisa- tenida hasta entonces como dogma en el marxismo-leninismo de la instauración de la dictadura del proletariado como condición para construir el socialismo. A contrario senso de Moscú, reivindicaron la democracia y el pluripartidismo. Aquello fue interpretado como una rebelión y los descalificativos -muchos de ellos todavía en uso por la izquierda más ortodoxa- contra los “disidentes”, abundaron: traidores, revisionistas, agentes de la CIA, entre otros.

La revolución rusa de octubre de 1917 que abrió paso al establecimiento del socialismo en lo que después fue la URSS y marcó su impronta en el siglo XX, celebra su centenario. Y el hecho, sin duda relevante, ha provocado que defensores y críticos en el mundo entero, se enzarcen en debates de todo tipo y calidad.

Pero esa revolución que en los manuales del viejo materialismo histórico, marcaba el inicio de una nueva época, naufragó.

La visión reduccionista de la realidad, el intento de establecer una ideología como la cultura de la sociedad, pasando por alto la diversidad que la caracteriza, y la negación de la democracia como una necesidad histórica, sentenciaron a muerte el socialismo soviético desde muy temprano. El socialismo en la URSS, nació y se estableció como sistema en medio de muchas dificultades, y sobrevivió siete décadas, pero se derrumbó estrepitosamente apenas se plantearon reformas para establecer la transparencia (glásnot) en la política y las reformas modernizantes (perestroika) en lo económico.

La gigantesca burocracia y el estricto control del omnímodo PCUS, ocultaban las heces y las debilidades estructurales del sistema. Pero un sistema que niega el ejercicio de las libertades ciudadanas y abandona al ser humano como centro de su gestión, aunque  sea en nombre de la clase o el pueblo, está condenado inevitablemente a fenecer.

Por eso,  quienes de manera simplista atribuyen el derrumbe del socialismo soviético y sus consecuencias -la desaparición de la llamada comunidad de países socialistas-,  a la gestión personal de Mijail Gorbachov, no hacen más que reconocer la debilidad innata del socialismo soviético. Este mismo razonamiento simplista, es el que atribuye a Stalin –y no al sacrificio del pueblo soviético- la victoria sobre la invasión hitleriana y el aporte de la ex URSS  a la derrota del fascismo. Y lo peor: excusan de esa manera los crímenes del estalinismo.

¿Cómo puede ser legítimo un sistema que necesita un dictador para defenderse y que no resiste una reforma democrática ?

Quienes defienden a ultranza el modelo soviético, esgrimen como uno de sus argumentos, la solidaridad que en nombre del Internacionalismo Proletario practicó la antigua URSS con muchos pueblos. Dicha solidaridad, que no fue incondicional, era parte del cálculo soviético en el contexto de la Guerra Fría. Y se dio en cuanto fue funcional a sus intereses estratégicos. La otra cara de la moneda fueron las invasiones a Hungría (1956), a Checoslovaquia (1968) y a Afganistán (1979), las dos primeras para aplastar movimientos democráticos nacionales y la tercera para afianzar un poder afín, objetivo que no alcanzaron y que dejó un saldo doloroso con miles de jóvenes caídos lejos de su patria. El síndrome de Viet Nam no conoce de ideologías.

La revolución rusa concitó en su momento las esperanzas de los pueblos oprimidos del mundo, y presentó la posibilidad real de construir un sistema alternativo al capitalismo. A partir de ella, el socialismo, como ninguna otra causa política en la historia, movilizó a millones  de personas y otros tanto de miles, entregaron su vida creyendo en sus postulados. Pero como en otras experiencias, las deformaciones que sobrevinieron, enterraron las legítimas expectativas

Ninguna revolución se ha dado reivindicando el establecimiento de una dictadura. La revolución rusa triunfó contra el zarismo  demandando “Pan, paz y tierra“. Tampoco son las intenciones ni los actos heroicos que se producen, los que cuenta para valorar la justeza de una causa, son los resultados y es el saldo neto el que se registra. Y la revolución rusa, no superó el escrutinio de la historia.

(Publicado en MUNDIARIO- España, 6.11.2017)

Dos crímenes totalitarios, dos libros: El olvido que seremos y El hombre que amaba los perros

No suelo comentar libros ni mucho menos hacer crítica literaria, práctica esta última que me parece absolutamente necesaria, pero que requiere de quien la ejerce,  la sapiencia debida y una alta dosis de arrogancia intelectual. Yo no tengo la cualidad de la sabiduría y la arrogancia es un pecado que procuro no cometer.

Tampoco ahora comentaré ningún libro ni haré crítica. Solo compartiré los sentimientos y reflexiones que me han provocado en su momento dos libros sobre los que se estará hablando en Nicaragua en estos días.

Dos libros sobre dos crímenes, crímenes políticos, resultados del absurdo de la intolerancia uno y de desvaríos ideológicos el otro. Ambos conectados por su causa última y común, el miedo de los totalitarios. Totalitarios cuyos afines y ellos mismos, todavía gravitan en el escenario latinoamericano.

Carta a una sombra, filme basado en la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad Facioline, se presentará como parte del evento Centroamérica Cuenta 2017.

Hace algunos años, cuando terminé de leer El olvido que seremos, escribí : “es un libro que deberíamos leer todos los hijos”. Quiero decir que todos deberíamos leerlo como hijos, porque todos lo somos. Y los latinoamericanos hijos, ciudadanos de países, además, en los que la violencia ha sido la vía principal para dirimir los grandes conflictos sociales, pero también a la que han recurrido grupos mafiosos -desde el poder y fuera de él- para preservar sus intereses.

Es este un libro de amor, un libro del amor que don Héctor -el médico, el humanista- prodigó a su hijo, a su familia, a la humanidad y del recuerdo amoroso de Héctor hijo, hacia su padre asesinado, una víctima más del drama que vivió Colombia durante las décadas pasadas y del que apenas empieza a salir.

A partir de su propia experiencia dolorosa, Héctor -el hijo, el escritor- nos hilvana el contexto en que él y su familia vivieron tan inmenso dolor .

La violencia que vivió Colombia –y de la que aún no termina de liberarse totalmente porque delincuentes con el ropaje de guerrilleros revolucionarios, persisten en un despropósito- tiene sin duda profundas causas sociales, pero se vio prolongada en el tiempo y con ello multiplicada su secuela de odio, desarraigo, dolor y daños materiales, porque las cúpulas paramilitares,  las del narcotráfico, de las FARC y el ELN, hicieron de ella un negocio.

Pero El olvido que seremos también debe ser leído a la luz de la necesidad de la paz. De la paz para que no haya víctimas como el doctor Abad Gómez, ni necesidad de defender los derechos humanos porque serán respetados. Por eso cuando digo paz, digo también democracia, justicia social. A riesgo de parecer retórico, hay que repetir que estas son condiciones para aquella, y corresponde en primer lugar a los que como quiera que sea han llegado al gobierno, la responsabilidad de respetarlas o lograrlas. En caso contrario, el ciclo volverá y nunca se sabe cuánto dura y cómo terminará.

El hombre que amaba los perros, del escritor cubano Leonardo Padura será comentada en Managua en las próximas semanas por tres intelectuales, en un foro organizado por el PEN Club de Nicaragua.

La historia oficial de la ex URSS no mencionaba el papel de León Trotski como dirigente revolucionario. Lo ignoró y lo eliminó de los murales alusivos a la revolución rusa, habiendo sido él uno de los más brillantes cabecillas de tal hecho. Se le calificaba como traidor, sin demostrar y explicar nada, no más el empeño en desacreditarlo. La presunta traición fue la razón –suficiente según Stalin y los estalinistas que lo sostienen todavía, porque los hay- para mandarlo a asesinar. Y es que en nombre de revoluciones libertarias se ha asesinado, previa estigmatización de traidor, a camaradas de lucha que advirtieron los abusos y los peligros interiores provenientes del poder. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Además de la calidad literaria de la novela de Padura, que nos lleva de la mano por tres historias a la vez, pero con la del asesino de Trotski como eje, su principal mérito es presentarnos los hechos desde el lado de Mercader en su vejez, tomando radical distancia de las versiones oficiales que en Cuba, como en la antigua URSS, distorsionan la historia, alterando o soslayando los hechos. Ramón Mercader es el hombre que amó los perros, el asesino que vivió largo tiempo en La Habana, protegido bajo otro nombre. Antes, en 1960, luego de haber cumplido condena por 20 años en México, había viajado a Moscú a recibir la ciudadanía soviética, el grado de coronel de la KGB y el nombramiento de Héroe de la URSS. Nikita Jruschov, el mismo que denunció muchos de los crímenes de Stalin, fue quien lo distinguió.

El asesinato de Leon Trotski, es una vergüenza que  cae sobre esa “izquierda” necia y prehistórica, que incapaz de asumir con espíritu crítico las lecciones del pasado, persiste en ver traidores, imperialistas, vende patrias y similares, en quienes asumimos la crítica y la democracia, como valores y prácticas indispensables para hacer política honesta. Es la misma que con sus garrafales y recurrentes errores llevó al fracaso los experimentos socialistas, la misma que en nombre de presuntas revoluciones todavía es capaz de asesinar, como en Venezuela ahora. Es la misma que nunca entendió que  democracia y libertad se suponen mutuamente y que sin ellas las propuestas del socialismo, son imposibles.

La película El Elegido es una versión sobre el magnicidio, que recrea con bastante fidelidad los hechos. Sin que la sustituya, ni mucho menos, es una manera de ver parte de lo que se cuenta en la novela de Padura. De ella me queda el grito desgarrador de Trotski, cuando el asesino le clava el piolet en la cabeza “porque el partido y el camarada Stalin, así lo habían decidido”.

 

TRUMP CONTRA EL MUNDO

Donald Trump es un espectáculo móvil. En él se resumen la política y el espectáculo. Lo que hace y dice es noticia donde quiera que vaya. Lo es -lo será más ahora por ser el presidente de Estados Unidos- por lo impredecible e histriónico. Por lo contradictorio en sí mismo.

Antes de y por encima de político, el ahora presidente, es empresario y como tal ha llegado a ser multimillonario, con inversiones en diversas partes del mundo. Las posee en al menos tres continentes: América por supuesto, Europa y como no, Asia. Subrayo diversas partes del mundo, ya verán por qué.

Lenin, el teórico y revolucionario ruso, argumentó en 1916, que una de las características consustanciales del capitalismo monopolista (imperialista) era la exportación de capital. Más allá de las derivaciones políticas del estudio leninista, la globalización, la transnacionalización de la economía con particular fuerza en las décadas finales del siglo veinte, confirmaron sus apreciaciones.

Sería inconcebible la fortuna de Trump sin que haya exportado capital, sin inversiones directas en el extranjero. Como lo serían las de Carlos Slim o la de Bill Gates. Por muy grandes que sean los mercados de origen de esos capitales, igual que muchos otros, se quedaron estrechos ante su propio crecimiento  en un mundo global que demanda y atrae inversiones foráneas.

Sin embargo, uno de los ejes de la campaña electoral de Trump -anuncio de su credo gubernamental- ha sido el proteccionismo estatal a las empresas nacionales de los EEUU frente a la competencia extranjera, pero también la cuasi obligatoriedad del retorno de muchas inversiones que habían migrado, so pena de pagar más impuestos, incluso exorbitantes.

Y esto tiene un doble objetivo: recuperar puestos de empleo en los propios Estados Unidos, especialmente en industrias emblemáticas como la automovilística, con las consecuencias sociales y políticas que ello conlleva y dar ventaja a su propia economía en el escenario de la competencia global.

Eso en sí mismo podría parecer no solo necesario, sino justo, si no fuese porque el mundo de hoy es diverso, la economía -y la vida- global y porque Trump desarrolla esas propuestas -políticas de gobierno- desde posiciones mesiánicas, anti migración y rozando el ultra nacionalismo. Necesita –en sus cuentas- depurar el mercado laboral estadounidense, invadido de migrantes ilegales, para que el sistema asimile la mano de obra y le ofrezca bienestar a sus trabajadores; requieren las empresas estadounidenses la protección del estado para ser competitivas. Propone, pide, grita: “Primero Estados Unidos”, como Hitler reivindicaba el verso del viejo himno alemán: “Alemania sobre todo”.

Es harto paradójico que mientras en el Foro Económico Mundial en Davos, el presidente de China –de la República Popular China, la de Mao, la que gobierna con mano de hierro el Partido Comunista- defiende el libre comercio y rechaza el proteccionismo, Trump dice lo opuesto. Es claro que aquellos comunistas no lo son más, pero Trump sigue siendo un capitalista.

El mundo asiste a una nueva etapa en el desarrollo de las contradicciones en el seno del capitalismo…y del “socialismo”. Por eso mismo la lucha por la democracia, de su establecimiento o perfeccionamiento, debe estar dotada de contenidos viables, realistas, en lo económico, en lo social, en lo cultural. Si no, surgirán nuevos Trumps criollos: populistas, enemigos de las libertades, mentirosos, mesiánicos.

A propósito ¿qué ha dicho Ortega de Trump? No ha dicho nada ni dirá nada, porque pretende evitarlo, pero sobre todo porque esconde el propósito de parecerle simpático.

(P.D) Escrito y ya publicado este artículo, se dieron el sábado 21 las formidables movilizaciones ciudadanas en distintas ciudades del mundo, y especialmente la de Washington, para decirle a Trump que no podrá hacer lo que se le antoje.

 

De izquierdas e “izquierdas” en América Latina

La muerte de Fidel Castro, la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, la crisis terminal del gobierno de Maduro en Venezuela y la confirmación de la naturaleza dictatorial del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua figuran entre las principales noticias latinoamericanas del año que finaliza. Todas vinculadas a lo que se llama genéricamente, y por eso erróneamente, “la izquierda”.

La izquierda nunca ha sido una corriente homogénea. Particularmente en América Latina en los años sesenta y setenta, se identificaban como sujetos de la izquierda a los viejos partidos comunistas y a los entonces emergentes movimientos guerrilleros de liberación nacional, mediando entre unos y otros profundas diferencias tácticas y estratégicas, casi nunca resueltas.

Hoy es posible diferenciar en ese conglomerado que se denomina izquierda – aunque también podría aplicarse a “las derechas”-, dos grandes grupos. De una parte la “izquierda” autoritaria y corrupta, y por lo tanto reaccionaria. Y de otra, la izquierda democrática, progresista. Si en el primer caso el oxímoron es solo aparente a la luz de los nuevos tiempos, en el segundo el pleonasmo es necesario.

El tema no es baladí. Las diferencias se marcan a partir de las posturas y acciones que asume e impulsa cada fuerza, desde la oposición o desde el gobierno, frente a los dos principales problemas comunes en Latinoamérica: las amenazas a la institucionalidad democrática en varios países, que en algunos ya es autoritarismo establecido y la corrupción en las esferas gubernamentales. Para poner ejemplos en los extremos, señalemos la gestión del gobierno del Frente Amplio en Uruguay y la de Daniel Ortega en Nicaragua. Si en el primero hay un respeto al sistema democrático y políticas claras contra la corrupción, en el segundo, el estado de derecho -fundado en las conquistas de la revolución sandinista del 79-, ha sido aniquilado y la corrupción no solo es tolerada, sino promovida.

O bien el caso las posturas de Dilma Rousseff en Brasil y de Evo Morales en Bolivia. Mientras la primera admite su destitución aunque la considera ilegítima pero legal por parte del senado brasileño, el segundo anuncia con desparpajo que recurrirá a triquiñuelas para intentar ser reelecto, todo a contrapelo de la voluntad ciudadana expresada en el referendo de principios de año.

La descomposición de esta “izquierda” obedece a factores diversos.

Uno de los más relevantes es el caudillismo, que alcanzó máxima expresión en Fidel Castro y Hugo Chávez. El caudillismo traducido en poder unipersonal como negación de la institucionalidad de sus partidos y estados.

En el caso de Castro una influencia unipersonal más allá de Cuba, por dos razones. Fidel encabezó la primera revolución armada triunfante en el continente orientada al socialismo, y a partir de tal hecho construyó su mito y en los hechos se le atribuyó una infalibilidad política que fue alimentada por una izquierda que con precaria elaboración teórica, optó por asumir como verdades indiscutibles las consideraciones de Castro, fuesen sobre el tema de la lucha armada como vía para llegar al poder, lo “impagabale” de la deuda externa de los países pobres o la validez del modelo cubano.

El fracaso del Socialismo Real y con él de los regímenes de partidos únicos en Europa al finalizar el siglo XX, despojó a la izquierda mundial de los referentes necesarios para articular un nuevo proyecto político y económico, alternativo al capitalismo. No obstante, en América Latina, el enorme costo social de las políticas económicas correctivas y de ajuste aplicadas en los años 90 por los gobiernos neo liberales, dio paso a un descontento que encontró expresión electoral en las opciones populistas, denominadas a sí mismas de izquierda. Así, estas fuerzas se encontraron, a finales de los noventa y al despuntar el presente siglo, con potencial electoral pero sin propuestas consistentes, ni para perfeccionar la democracia ni para establecer un modelo económico distinto.

Huérfanos de referentes y carentes de propuestas propias, se refugiaron en el populismo, y fieles a la tradición latinoamericana (de derecha) e imitando el viejo modelo cubano, sus líderes –Ortega, antes Chávez ahora Maduro y hoy Morales– se erigieron en los nuevos caudillos imprescindibles para las revoluciones que dicen llevar a cabo. Pero todo ello, además, a costa de la democracia en sus respectivos países. Y como autoritarismo y corrupción se nutren y se encubren mutuamente, también han convertido el erario en botín y el tráfico de influencias en práctica cotidiana.

Si bien los regímenes de esta “izquierda” reaccionaria son una realidad, también es cierto que están sometidos a una creciente oposición interna. Y, como en el caso de Venezuela, con pobres perspectivas de mantenerse en el gobierno a mediano plazo. La izquierda democrática en Chile o Uruguay, desde las coaliciones gobernantes, avanzan –no sin dificultades–, pero sometiéndose a las normas de la democracia en competencia con otras fuerzas democráticas, incluyendo las de derecha.

Mientras nos adentramos al siglo XXI, en un panorama sumamente complejo y riesgoso, que demanda eficiencia política y reflexión intelectual para hacer frente exitosamente a los impostergables retos de preservar el sistema democrático, extirpar la pobreza y la corrupción, y conquistar la paz mundial, cabe reconsiderar las denominaciones tradicionales de las fuerzas políticas. Acaso sea tiempo de caracterizarlas simplemente como democráticas o no democráticas y definir su naturaleza por los programas que proponen a los ciudadanos. Y, sobre todo, por su práctica, porque como decía el viejo marxismo, ésta es el supremo criterio de la verdad.

(Publicado en el MUNDIARIO- España, el 22 de diciembre del 2016)