Fanatismo

En los meses siguientes al acto terrorista de enero del 2015 contra el semanario humorístico Charlie Hebdo, la obra de Voltaire Tratado de la tolerancia, experimentó un sensible aumento de demanda en las librerías francesas.

No es casual: Francia ocupa un lugar entre los diez países que más se lee y los lectores recurrieron, como no, al ilustrado francés. Voltaire (1694-1778), fue el primer filósofo moderno de estatura mundial que abordó el tema del fanatismo y de la intolerancia como valores y prácticas incompatibles con la democracia.

Según el pensador francés, el dogma del fanatismo es: “Cree lo que yo creo y lo que no puedes creer, o perecerás; cree o te aborrezco; cree o te haré todo el daño que pueda”. Tristemente, más de dos siglos después, tal dogma se mantiene vigente para los fanáticos, sean religiosos o políticos.

Pero el fanatismo no surge en cualquier parte. El fanatismo islámico, tal y como lo conocemos hoy, surgió en sociedades con bajos niveles de instrucción, en los que las creencias religiosas fundamentalistas fuertemente arraigadas, trascienden la vida privada para regular la vida social y política.

Y cuando esas creencias se fusionan con las instituciones políticas, a las que hegemonizan hasta absorberlas, peor. Solo así es posible entender que el fanatismo musulmán gobierne de la forma que lo hace en distintos países, y que su expresión terrorista sea el mayor peligro que la humanidad enfrenta.

Pero en todas las sociedades el fanatismo se nutre de los sectores más atrasados, de los excluidos del mercado y de la educación. El perfil, por ejemplo, de los reclutados por el autodenominado Estado Islámico en Europa responde al patrón de ser jóvenes, desempleados con bajo nivel educativo, por pertenecer a los sectores más golpeados por las crisis económicas y en muchos casos con antecedentes delictivos.

Y ese es un rasgo común del fanatismo, cuya importancia no es menor y que se expresa quizás más claramente en el fanatismo político.

Los regímenes autoritarios, al mismo tiempo que ejercen el control y el poder político de forma concentrada y represiva, pretenden imponer sus ideas y valores como los verdaderos, como los únicos para toda la sociedad. Gusten o no a los ciudadanos, quepan o no en esa realidad histórica. Y sus fuerzas de choque son seguidores fanatizados, quienes consideran, como dice Fernando Savater, “que su deber es obligar a los otros a creer en lo que él cree o a comportarse como si creyera en ello”. Y para lograr que se acepten sus creencias, o para castigar al que las cuestiona, el fanático es capaz de todo: de golpear, de matar. Así lo hicieron los Camisas Negras de Mussolini, los Camisas Pardas de Hitler, las turbas nicolasianas de Somoza, los yihadistas en París y lo hacen los pandilleros que activa –uniformándolos a veces- el orteguismo ante cualquier protesta ciudadana. Debo reconocer sí, en este último caso, que hay algunos que no llegan siquiera a ser fanáticos, son simples contratados.

Pero igualmente ¿de dónde nutren sus fuerzas de choque? De los sectores marginados, mediante prebendas o impunidad.

El orteguismo promueve el fanatismo político y utiliza ingredientes religiosos y culturales, sabedor que en una parte importante de la sociedad nicaragüense, precisamente en los marginados de siempre, prevalece una tradición caudillesca y una visión casi mágica del poder. La frase “Gracias a Dios, al Comandante y a la compañera Rosario…”, sintetiza esa visión.

Por ello, a la par de la lucha política contra el orteguismo, se libra una batalla en el terreno de las ideas.Difícil, si, es difícil porque el fanatismo es lo opuesto al debate, pero es una batalla ineludible: contra lo absoluto, argumentos; contra la sinrazón, la inteligencia; contra lo vacuo,obstinado y autoritario, la realidad, diversa y contundente.

 

La cultura política, un espacio de conflictos

 

El orteguismo, de manera deliberada y planificada, procura establecer en Nicaragua su cultura política, funcional a su proyecto. Una cultura que le permita sustentarlo y -en sus intenciones- consolidarlo.

Los valores –o antivalores, si se prefiere– de esa cultura ecléctica, los transmite repetida y profusamente a la sociedad, al mismo tiempo que por otras vías “los impone”. No hay nada casual en lo que percibimos como un chacuatol que mezcla rasgos del marxismo con un cristianismo traído de los pelos y un esoterismo exultante: ni las coreografías en los actos oficiales, ni los rótulos gigantes por doquier, ni las recurrentes invocaciones divinas, ni la destrucción de obras de administraciones anteriores. Ni en el desmesurado afán de controlar nuevos y viejos medios de comunicación.

De esa manera es que se explican las cotidianas retahílas de la exclusiva y omnipresente vocera oficial, en las que se hace propaganda disfrazada de información -sea sobre inauguraciones, temblores u obituarios- y se transmite su propia versión de hechos históricos si de efemérides se trata. O que mediante el control de la Asamblea Nacional se defina en las reformas constitucionales del 2014, como “cristiana, solidaria y socialista” la naturaleza del estado.

La cultura política abarca los valores, actitudes u opiniones que son asumidos por los ciudadanos en su relación con las instituciones públicas, y que se traducen en conducta. Así, hay personas que se asumen a sí mismos  como militantes del orteguismo y no como ciudadanos, piezas de una pretendida revolución que han depuesto el derecho a pensar para acatar los designios del poder. Esa cultura política es adquirida, o dicho desde otro ángulo, es construida y transmitida desde aparatos formales o informales, llámese sistema educativo, medios de comunicación o redes sociales.

Pero los valores u opiniones no se colocan en la cultura política como un bloque en una pared que se construye, no se insertan como se escribe sobre una hoja en blanco. Y no es así, porque la sociedad es un espacio de conflictos, de contradicciones, de réplica permanente más o menos explícita. En tres palabras: no es uniforme.

Nicaragua es diversa, cultural, ideológica y políticamente. Y en ese espacio heterogéneo se encuentran y se confrontan los distintas valores e ideas, expresiones  al fin y al cabo, de los intereses de diferente origen y naturaleza que mueven la sociedad. Es la lucha ideológica. Esa confrontación tiene dos grandes sujetos: el bloque orteguista antidemocrático y las fuerzas democráticas, las que por cierto, tampoco son homogéneas y en las que consecuentemente también hay debate, choque de ideas y opiniones. Tampoco el orteguismo es uniforme, pero las formas en que allí se resuelven las contradicciones están marcadas por su esencia autoritaria.

Evidentemente en la actual confrontación ideológica en Nicaragua, el orteguismo actúa con la ventaja que le proporciona el control de las instituciones del estado y de la absoluta mayoría de los medios de comunicación. Dispara con mampuesta pues, y evade el debate porque su esencia es totalitaria: no debate sus verdades, las impone. Y si no, recurre al  garrote, a la pedrada, a la policía.

El contraste entre discurso oficial y la realidad es el espacio inmediato para el cuestionamiento del orteguismo, porque allí radica su debilidad: ¿Honestidad mientras florecen los actos de corrupción? ¿Solidaridad cuando se impide ayudar a los campesinos que padecen amenaza de hambruna? ¿Vivir bonito en un país que aumenta la pobreza y el número de millonarios? ¿Democracia, si se ejecutan fraudes electorales y hay partidos ilegalizados arbitrariamente? ¿Soberanía, habiendo entregado el país a un extranjero?

Y es en ese terreno, el de las ideas, que se libra la primera batalla por la democracia. Se trata de conquistar el corazón y la conciencia de los ciudadanos. Se trata de construir, a mediano y largo plazo, una cultura política democrática.

Gradas: arte y denuncia

La historia de la Revolución Sandinista –la de 1979, la única- está por escribirse. Tal vez nunca se escriba. Hasta ahora la mezquindad política en unos casos, en otros la inevitable parcialidad de los testimonios o memorias o el mutis de sus protagonistas-una buena parte vivos todavía-, impide contar -casi cuatro décadas después-con un enfoque más o menos completo, riguroso y ecuánime de ese hecho. En lo que se ha escrito hasta ahora hay de todo: verdades enteras, otras que se ocultan y acaso nunca se conocerán, mentiras tejidas y el peor de los casos, la manipulación deliberada para hacer propaganda con evidentes intereses creados, como ocurre desde el actual poder.

Pero como afirmó Fidel Castro alguna vez “La historia es un sub producto de los hechos”. Bien lo sabrá él, un personaje de tantos hechos y de la historia.

Así, se ha hablado y escrito mucho sobre la experiencia de lucha armada contra el somocismo y más de los grandes éxitos, que los fracasos se mencionan solo de forma tangencial. Hay grandes e importantes pendientes en este orden,como la historia del movimiento estudiantil o del movimiento artístico que precedió y acompañó la lucha insurreccional. Este último fue multifacético en sus expresiones: canto y poesía –los más relevantes-, pero también hubo teatro, danza y pintura.

En 1973 surgió el grupo Gradas. Figuraban en el mismo: la poetisa Rosario Murillo –su principal impulsora-, el poeta David Mac Fields y el canta autor Carlos Mejía Godoy. Con alguna frecuencia se le sumaban poetas como Marcos Hidalgo, jóvenes compositores como Flavio Galo y pintores como Alfonso Ximenez.

Durante 1973 y 1974 el grupo Gradas, dio recitales de poesía y canciones “de protesta”, como eran conocidas entonces, en distintos lugares del país: en casas comunales, en atrios, en parques, calles y mercados. Siempre bajo el asedio policial y no pocas veces impedidos de realizarse o disueltos a culata limpia. Eran sencillos pero hermosos encuentros, participativos diríamos ahora, en los que compartiendo canto, poesía o pintura improvisada en pliegos de papel de “envolver”, artistas y público dialogaban sobre la realidad nacional. Era la denuncia social y política de un pueblo ávido de mensaje esperanzador y de alternativas de lucha.

Y Gradas se llamaba, porque a las gradas del estadio es que va el pueblo, es en las gradas de las iglesias que la gente se reúne después de los oficios religiosos. Así se explicaba el nombre: Porque las gradas fueron –son- tribuna de denuncia, espacio de protesta.

Pese a su corta existencia,  Gradas contribuyó el despertar político de muchos jóvenes o selló definitivamente su compromiso. Tantos rostros que vi en aquellos recitales los encontraría después en la lucha contra la dictadura.

La represión desatada por el somocismo luego del operativo del FSLN el 27 diciembre de 1974, imposibilitó que Gradas continuara su labor. Vendrían después el surgimiento de grupos numerosos grupos musicales de denuncia como Pueblo, 8 de noviembre, Pacaya o Pancasán e innumerables cantores solistas que junto con el teatro popular y estudiantil, serían  vigorosos y efectivos vehículos de comunicación política. La poesía ya militaba en la lucha revolucionaria desde antes.

De certezas y preguntas

Entramos al año 2016 con certezas e interrogantes. Como andamos la vida misma. La incertidumbre en el plano político surge, no por dudas sobre la razón o sin razón de las opciones propuestas o de las realidades impuestas, sino por el desconocimiento de los vericuetos y plazos que habrán de transitarse para el predominio final de la racionalidad, de lo justo. Vale decir del progreso histórico.

Veamos el caso de Venezuela. La victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre fue contundente. El pueblo venezolano expresó su voluntad de forma masiva y el madurismo tuvo –muy a su pesar- que reconocer los resultados. Pero de manera casi conspirativa, en medio de las distracciones de los estertores del año 2015, fraguó lo que las fuerzas democráticas venezolanas llaman un golpe judicial.

Es claro que la pretensión es amputar la mayoría calificada de la oposición que le permite impulsar acciones legislativas más profundas. Maduro es, como la mayoría de los dictadores o aprendices de serlo, predecible. Y como era de esperarse, a la par del truco legal, anunció-otra vez- en un discurso del fin de año plagado de vacíos, la “radicalización del proceso revolucionario”. Un radicalismo que ni le luce ni cabe. ¿Cómo puede haber radicalización de una revolución –si admitiésemos que en Venezuela la hay- con el rechazo de la mayoría de ciudadanos? Y no le luce porque el presidente venezolano está lejos de ser un dirigente a la altura de las exigencias de este tiempo y del cargo que ocupa.

Inevitablemente, tarde o temprano, la ya conocida voluntad democrática del pueblo venezolano deberá prevalecer plenamente. La incertidumbre es si el maduro-chavismo, que representa una peligrosa combinación de populismo con torpeza, está –de veras- dispuesto orillar el país al abismo, o incluso a empujarlo a una situación que nadie desea, y que solo traería costos sociales y humanos.

En Nicaragua, el panorama no es menos predecible. Ya sabemos que Ortega tiene la certeza que está designado (designio divino, según el penúltimo discurso de su esposa) a regir los destinos del país hasta su “tránsito a la inmortalidad“, y por lo dicho, sin solución de continuidad mediante sus herederos. Y desde esa convicción -la suya- las elecciones de noviembre del 2016, son vistas como un mero requisito y que las “tiene en la bolsa”. Lo cual es solo relativamente cierto, mediando por supuesto, los servicios profesionales de Roberto Rivas y demás.

Pero es innegable que hay un conjunto de elementos que configuran un panorama nada halagüeño para el orteguismo. En primer término se vislumbran las inevitables consecuencias que tendrán para Ortega el cambio de la correlación de fuerzas en Venezuela. Se le agota la bolsa de los fondo petroleros y su principal aliado regional está virtualmente fuera.

De otra parte, los movimientos sociales y especialmente la defensa campesina de sus tierras, experimentaron un salto cualitativo en el 2015. Esta movilización, inédita y creciente, cuestiona de fondo la naturaleza del régimen partir del tema del canal. Y no hay ninguna duda que ese movimiento continuará ampliándose y fortaleciéndose, en su presencia y diversidad.

La descomposición estructural de la policía y del ejército y la complicidad de sus actuales mandos con el orteguismo,  si bien le son funcionales a este, lo son solo temporalmente. La conducta represiva de la policía y su complicidad por omisión, como en el caso del pistolero de Metrocentro, unido a la masacre de Las Jaguitas y el cinismo e insensibilidad demostrado alrededor de tal hecho, han afectado de fondo la credibilidad y el prestigio, ya bastante escasos, de esas instituciones.Y eso no es de un valor menor.

Ortega es también predecible y bien sabemos que cuando se siente presionado, es capaz de mostrar claramente su esencia totalitaria. Ya ha demostrado ser capaz de recurrir a la represión en distintos grados y tonalidades. Pero si recurre a ella en nuevas escalas y de manera más generalizada, ante las crecientes protestas sociales y políticas, estará confirmando su propio agotamiento y dando un paso definitivo hacia su final. Ojalá no lo haga, y el camino a la democracia no sea aún más doloroso, que ya suficiente sangre y cárcel ha habido en nuestra historia.

Como siempre digo, los problemas políticos son problemas de fuerza. Y Ortega deberá entender y admitir, con la fuerza de la movilización ciudadana mediante, que ya no es tiempo de dictaduras –¿acaso algún tiempo lo fue?-, que su proyecto no cabe,  y como él mismo, luce como un detalle exótico y repudiable en el panorama regional. La incertidumbre es si lo entenderá a tiempo. Porque al final caen, siempre caen. Él lo sabe.