Del FSLN al orteguismo

Han pasado más de tres meses desde el estallido de la insurrección cívica en Nicaragua. Casi 100 días en los que se ha revelado -de la forma más clara posible -la inconformidad acumulada en la sociedad nicaragüense ante la concentración de poder autoritario en la pareja y familia Ortega Murillo y el hartazgo frente a la corrupción y los abusos en todos los niveles que su gobierno promueve y practica desde hace 11 años.

Pero lo que no ha dejado de sorprender, incluso a sectores opositores, es la acción represiva del régimen de Ortega que ha cometido la más grande matanza en tiempos de paz que se conoce en el país. Más de 300 muertos, 2000 heridos y centenares de desparecidos en tres meses, marcan ya un parte aguas en la historia de Nicaragua. Y con justa razón han provocado un rechazo internacional casi unánime, a excepción de la “izquierda” retrógrada que vira la mirada ante los crímenes  de sus camaradas.

Y con la sorpresa, han surgido las preguntas ¿cómo es posible que el FSLN haya llegado hasta esto?, ¿cómo es posible que aquella Juventud Sandinista, protagonista de hermosas jornadas como la Cruzada Nacional de la Alfabetización, sea ahora un grupo de desalmados criminales? Y Ortega, el comandante revolucionario ¿cómo mutó  a dictador sanguinario, émulo de Pinochet, Videla o Somoza ?

La narrativa de la  izquierda reaccionaria -y esto ya no es oxímoron-, representada por el castrismo en Cuba, Maduro en Venezuela, Morales en Bolivia, y por supuesto por  Ortega en Nicaragua, ha trastocado la semántica, se ha apropiado de palabras como revolución,  izquierda, socialismo. Y vaciándolas de sus contenido original, denominan así prácticas y corrientes en verdad antagónicas. ¿Cómo puede llamarse “revolución” lo que ocurre en Cuba o en Venezuela? Osan en denominar “socialismo” lo que han hecho en Nicaragua, o “liberación” la ocupación que ejecutan los paramilitares orteguistas en las ciudades alzadas cívicamente.

Lo mismo ocurre con el FSLN o la Juventud Sandinista. Esos cuerpos de fieles fanáticos, solo preservan el nombre  de aquellas entidades y  no son más que turbas absolutamente controlados por los Ortega. Y de ellos son parte los grupos que  hoy matan estudiantes, mañana golpean mujeres y luego danzan agitando  felices  las banderas roji negras.

Desde finales de los años ochenta, dentro del FSLN se empezaron a dar manifestaciones de descomposición ética y social. Sin embargo, la guerra como fenómeno  abarcador, hacía que toda acción correctiva al respecto se postergara o se subordinara a la solución de esta. El prolongado conflicto militar, la carencia de controles institucionales o la inobservancia tolerada de ellos y la ausencia de una educación sostenida en valores y principios, fueron el caldo en que se incubó esa descomposición, cuyos síntomas fueron subestimados o francamente soslayados. Los sectores del sandinismo que lo advirtieron entonces, no tuvieron la suficiente fuerza para imponerse y corregir.

Luego de la derrota electoral del 90, Daniel Ortega desde su posición de Secretario General, procedió a desmontar la mínima pero existente institucionalidad del FSLN y nutrió su base de apoyo individual de los sectores beneficiados por la “piñata” y de otros, muchos de ellos procedentes del lumpen proletariado, golpeados por los planes de ajuste económico ejecutados por los gobiernos neo liberales que sucedieron a Ortega.

Este es un primer factor que contribuyó a la desaparición del FSLN y su continuidad nominal en el cuerpo orteguista de hoy.

La siguiente fuente fue la ampliación de esa base social sobre la base de los beneficios sociales posibles de ejecutar por el manejo discrecional  de la millonaria  cooperación petrolera venezolana. Esos beneficios se orientaron a consolidar su proyecto político, premiar fidelidad política mediante dádivas y no a resolver el problema de la pobreza. Si varios millones de dólares se destinaron a comprar canales de televisión para la familia, otros menos a comprar zinc  y madera para repartir entre los más pobres y comprar simpatías.

Paralelo a eso, mediante el ejercicio del poder –nepótico-  y en particular la cuota  que del mismo ha manejado Rosario Murillo, se promovió a importantes cargos estatales, desde ministerios hacia abajo, a disciplinados y fieles subordinados  a su proyecto familiar. Muchos de ellos jóvenes, inofensivos ante el autoritarismo. La misma lógica se empleó nombrando  jerarcas militares recién pasados a retiro en altos cargos, incluyendo el vicepresidente del período anterior.

Todas estas acciones obedecieron a la estrategia del orteguismo  de  disponer de un aparato estatal controlado y a su servicio, de un instrumento movilizador  de su base social, que le revistiera  de legitimidad en las calles. Con la posibilidad de activarlo, con todos los recursos necesarios, como instrumento en  los fraudes electorales o  como fuerza de choque paramilitar. En estos tres meses lo ha desplegado de la última forma  en una orgía espeluznante.

Sin embargo hay  tres  fenómenos que son la debilidad estructural inherente de Ortega, pese a la victoria que ahora alardee. De una parte la corrupción, los atropellos y el abuso que su régimen practica, han  afectado a muchos que han sido parte de su base social. En la medida que el orteguismo dejó de ser un proyecto político de un conjunto social para ser el de una familia fue labrando el aislamiento que hoy experimenta.

La merma  de la  base social del régimen reduce sus bases de apoyo beligerante a las estructuras organizadas, en su mayoría movilizadas por paga o por fanatismo. Los recursos para la paga no son ilimitados y el fanatismo es temporal ante la fuerza de los hechos. En  ninguno de los casos hay racionalidad ni convicciones sustentadas. Y ese factor es fundamental en situaciones de movilización y la resistencia social, como las que vive ahora en Nicaragua . Dicho de otra manera, son cada vez menos los orteguistas dispuestos al sacrificio por Ortega.

Sin embargo en las fuerzas sociales reveladas la situación es otra. Las convicciones  que dan legitimidad  y la cohesión son fortalezas ciudadanas. Por eso el mundo cada día es testigo como, en un país en el que se dispara a matar contra las manifestaciones cívicas, los ciudadanos han hecho de ese acto de heroísmo una práctica cotidiana. Esa es la garantía de su victoria.

(Publicado en Mundiario– España, 24 de julio del 2018)

(Se autoriza y agradece su reproducción, citando debidamente autoría)

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