Dos crímenes totalitarios, dos libros: El olvido que seremos y El hombre que amaba los perros

No suelo comentar libros ni mucho menos hacer crítica literaria, práctica esta última que me parece absolutamente necesaria, pero que requiere de quien la ejerce,  la sapiencia debida y una alta dosis de arrogancia intelectual. Yo no tengo la cualidad de la sabiduría y la arrogancia es un pecado que procuro no cometer.

Tampoco ahora comentaré ningún libro ni haré crítica. Solo compartiré los sentimientos y reflexiones que me han provocado en su momento dos libros sobre los que se estará hablando en Nicaragua en estos días.

Dos libros sobre dos crímenes, crímenes políticos, resultados del absurdo de la intolerancia uno y de desvaríos ideológicos el otro. Ambos conectados por su causa última y común, el miedo de los totalitarios. Totalitarios cuyos afines y ellos mismos, todavía gravitan en el escenario latinoamericano.

Carta a una sombra, filme basado en la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad Facioline, se presentará como parte del evento Centroamérica Cuenta 2017.

Hace algunos años, cuando terminé de leer El olvido que seremos, escribí : “es un libro que deberíamos leer todos los hijos”. Quiero decir que todos deberíamos leerlo como hijos, porque todos lo somos. Y los latinoamericanos hijos, ciudadanos de países, además, en los que la violencia ha sido la vía principal para dirimir los grandes conflictos sociales, pero también a la que han recurrido grupos mafiosos -desde el poder y fuera de él- para preservar sus intereses.

Es este un libro de amor, un libro del amor que don Héctor -el médico, el humanista- prodigó a su hijo, a su familia, a la humanidad y del recuerdo amoroso de Héctor hijo, hacia su padre asesinado, una víctima más del drama que vivió Colombia durante las décadas pasadas y del que apenas empieza a salir.

A partir de su propia experiencia dolorosa, Héctor -el hijo, el escritor- nos hilvana el contexto en que él y su familia vivieron tan inmenso dolor .

La violencia que vivió Colombia –y de la que aún no termina de liberarse totalmente porque delincuentes con el ropaje de guerrilleros revolucionarios, persisten en un despropósito- tiene sin duda profundas causas sociales, pero se vio prolongada en el tiempo y con ello multiplicada su secuela de odio, desarraigo, dolor y daños materiales, porque las cúpulas paramilitares,  las del narcotráfico, de las FARC y el ELN, hicieron de ella un negocio.

Pero El olvido que seremos también debe ser leído a la luz de la necesidad de la paz. De la paz para que no haya víctimas como el doctor Abad Gómez, ni necesidad de defender los derechos humanos porque serán respetados. Por eso cuando digo paz, digo también democracia, justicia social. A riesgo de parecer retórico, hay que repetir que estas son condiciones para aquella, y corresponde en primer lugar a los que como quiera que sea han llegado al gobierno, la responsabilidad de respetarlas o lograrlas. En caso contrario, el ciclo volverá y nunca se sabe cuánto dura y cómo terminará.

El hombre que amaba los perros, del escritor cubano Leonardo Padura será comentada en Managua en las próximas semanas por tres intelectuales, en un foro organizado por el PEN Club de Nicaragua.

La historia oficial de la ex URSS no mencionaba el papel de León Trotski como dirigente revolucionario. Lo ignoró y lo eliminó de los murales alusivos a la revolución rusa, habiendo sido él uno de los más brillantes cabecillas de tal hecho. Se le calificaba como traidor, sin demostrar y explicar nada, no más el empeño en desacreditarlo. La presunta traición fue la razón –suficiente según Stalin y los estalinistas que lo sostienen todavía, porque los hay- para mandarlo a asesinar. Y es que en nombre de revoluciones libertarias se ha asesinado, previa estigmatización de traidor, a camaradas de lucha que advirtieron los abusos y los peligros interiores provenientes del poder. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Además de la calidad literaria de la novela de Padura, que nos lleva de la mano por tres historias a la vez, pero con la del asesino de Trotski como eje, su principal mérito es presentarnos los hechos desde el lado de Mercader en su vejez, tomando radical distancia de las versiones oficiales que en Cuba, como en la antigua URSS, distorsionan la historia, alterando o soslayando los hechos. Ramón Mercader es el hombre que amó los perros, el asesino que vivió largo tiempo en La Habana, protegido bajo otro nombre. Antes, en 1960, luego de haber cumplido condena por 20 años en México, había viajado a Moscú a recibir la ciudadanía soviética, el grado de coronel de la KGB y el nombramiento de Héroe de la URSS. Nikita Jruschov, el mismo que denunció muchos de los crímenes de Stalin, fue quien lo distinguió.

El asesinato de Leon Trotski, es una vergüenza que  cae sobre esa “izquierda” necia y prehistórica, que incapaz de asumir con espíritu crítico las lecciones del pasado, persiste en ver traidores, imperialistas, vende patrias y similares, en quienes asumimos la crítica y la democracia, como valores y prácticas indispensables para hacer política honesta. Es la misma que con sus garrafales y recurrentes errores llevó al fracaso los experimentos socialistas, la misma que en nombre de presuntas revoluciones todavía es capaz de asesinar, como en Venezuela ahora. Es la misma que nunca entendió que  democracia y libertad se suponen mutuamente y que sin ellas las propuestas del socialismo, son imposibles.

La película El Elegido es una versión sobre el magnicidio, que recrea con bastante fidelidad los hechos. Sin que la sustituya, ni mucho menos, es una manera de ver parte de lo que se cuenta en la novela de Padura. De ella me queda el grito desgarrador de Trotski, cuando el asesino le clava el piolet en la cabeza “porque el partido y el camarada Stalin, así lo habían decidido”.

 

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LA INMORALIDAD COMO GOBIERNO

La historia de Nicaragua, tan llena de sinuosidades en la búsqueda de la democracia y la libertad, ha nutrido el calendario de numerosas efemérides políticas. No hay mes en que falte alguna relevante. La mayoría de batallas o martirios, escasas las que celebran victorias o alegrías nacionales. Porque como Sísifo, dice el símil, el pueblo de Nicaragua cuando casi ha llegado a la cima, una y otra vez ha tenido que volver al inicio.

Empieza enero, y cómo no, apenas al décimo día se conmemora el martirio de Pedro Joaquín Chamorro, periodista y político que terca y consecuentemente enfrentó a la dictadura somocista durante décadas, con la palabra para denunciar y convocar, y cuando lo consideró necesario, con el fusil.

El 10 de enero de 1978, dieciocho meses antes de su derrocamiento, el somocismo, evidenciado como una dictadura sangrienta, mandó a asesinar a Chamorro. Fueron sicarios los que apretaron el gatillo de la escopeta, pero los autores intelectuales del magnicidio conspicuos miembros de la cúpula del régimen.

El asesinato de Pedro Joaquín, como el pueblo lo llamaba a secas, fue repudiado por toda la ciudadanía. Desató de inmediato innumerables demostraciones populares, incluso violentas, que continuaron ininterrumpidamente hasta la insurrección general que derrocó al somocismo en julio de 1979. Nada casual. La sociedad nicaragüense estaba preñada de contradicciones que pugnaban por resolverse. De una parte la dictadura somocista había aniquilado todo espacio democrático mediante farsas electorales y represión, contaba para ello con una guardia pretoriana, con cómplices disfrazados de oposición y disponía del erario, para sobornar y comprar. De otra parte, las fuerzas opositoras, plurales y multiformes, por décadas habían labrado de diferentes maneras el camino para conquistar la democracia.

Con el asesinato de Chamorro el somocismo demostró hasta donde era capaz de llegar. El grupo económico de los Somoza que ejercía el usufructo del estado en su beneficio particular y en clara ventaja de los otros sectores de la clase empresarial, también estaba dispuesto a eliminar, incluso físicamente, a cualquiera que osara enfrentarlo, indistintamente de su pertenencia social o arraigo.

Y se dio el estallido. Transcurrirían menos de dos años para que el pueblo nicaragüense acariciara el establecimiento definitivo –eso creímos, eso quisimos– de una sociedad democrática, moderna, respetuosa de la pluralidad inherente, que allanara la conquista de la justicia social.

En 1985 se instaló una Asamblea Nacional, con carácter constituyente y de legislación ordinaria. La Constitución que resultó de sus deliberaciones, estableció que las tomas de posesión de los electos a la presidencia y vice presidencia en los comicios a realizarse cada cinco años, serían el 10 de enero correspondiente. Homenaje explícito y merecido por supuesto, a Pedro Joaquín Chamorro, el Mártir de las libertades públicas, como lo reconoció la misma Carta Magna.

Este 10 de enero del 2017, tomarán posesión de la presidencia y de la vicepresidencia, Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, respectivamente. Él inicia así su cuarto período como gobernante, tercero consecutivo, y ella su primero en un cargo de supuesta elección. “Tomarán posesión” es un decir y el acto, lleno de parafernalia y frases vacuas a las que la Murillo es tan dada, solo es la parte final de la puesta en escena que empezó el 6 de noviembre con la farsa electoral.

La pareja Ortega-Murillo, es apenas el segundo caso en la historia de América Latina, en que quienes ostentan los máximos cargos del Poder Ejecutivo, comparten alcoba como matrimonio y en el que las principales decisiones de gobierno se toman –se supone– entre gemidos y arrumacos. Los argentinos Perón y María Estela Martínez eran hasta ahora el único.

Pero más allá del rasgo grotesco, más medieval que del siglo XXI que representa el acto de toma de posesión de la pareja Ortega-Murillo como reyezuelos de Nicaragua –con séquito y bufones incluidos–, es también una afrenta pública a la memoria de Pedro Joaquín Chamorro precisamente cuando se conmemora su muerte. Chamorro fue mandado a matar por luchar toda su vida contra todo lo que Ortega personaliza: continuismo en el poder, fraude electoral, nepotismo, corrupción y descaro político.

Daniel Ortega y con él su mujer, a lo largo de los últimos diez años han desmontado el Estado de Derecho que había empezado a construirse en Nicaragua, han entregado la soberanía nacional a un oscuro empresario chino para la supuesta construcción de un canal interoceánico, se han enriquecido ellos y sus adláteres aprovechando los recursos del Estado, han descompuesto la institucionalidad de la policía y el ejército para colocarlos a su servicio y perpetuar un régimen familiar. Pero sobre todo, y al mismo tiempo de lo anterior, han corrompido moralmente el ejercicio de la política, en nombre de la izquierda y de una falsa revolución.

Pero hoy como en 1978, se han acumulado en la sociedad nicaragüense, contradicciones insalvables, que tarde o temprano darán al traste con el régimen de Ortega, para que de una vez por todas en el país se establezca la democracia, se construya la justicia,y la ética y la moral en política. Para no ser más Sísifo, porque los pueblos no están condenados a cumplir el fatídico mito, aunque a veces lo parezca.

(Publicado en MUNDIARIO-España el 9.1.2017, con el título: Tarde o temprano, contradicciones insalvables darán al traste con el régimen de Ortega)

De izquierdas e “izquierdas” en América Latina

La muerte de Fidel Castro, la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, la crisis terminal del gobierno de Maduro en Venezuela y la confirmación de la naturaleza dictatorial del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua figuran entre las principales noticias latinoamericanas del año que finaliza. Todas vinculadas a lo que se llama genéricamente, y por eso erróneamente, “la izquierda”.

La izquierda nunca ha sido una corriente homogénea. Particularmente en América Latina en los años sesenta y setenta, se identificaban como sujetos de la izquierda a los viejos partidos comunistas y a los entonces emergentes movimientos guerrilleros de liberación nacional, mediando entre unos y otros profundas diferencias tácticas y estratégicas, casi nunca resueltas.

Hoy es posible diferenciar en ese conglomerado que se denomina izquierda – aunque también podría aplicarse a “las derechas”-, dos grandes grupos. De una parte la “izquierda” autoritaria y corrupta, y por lo tanto reaccionaria. Y de otra, la izquierda democrática, progresista. Si en el primer caso el oxímoron es solo aparente a la luz de los nuevos tiempos, en el segundo el pleonasmo es necesario.

El tema no es baladí. Las diferencias se marcan a partir de las posturas y acciones que asume e impulsa cada fuerza, desde la oposición o desde el gobierno, frente a los dos principales problemas comunes en Latinoamérica: las amenazas a la institucionalidad democrática en varios países, que en algunos ya es autoritarismo establecido y la corrupción en las esferas gubernamentales. Para poner ejemplos en los extremos, señalemos la gestión del gobierno del Frente Amplio en Uruguay y la de Daniel Ortega en Nicaragua. Si en el primero hay un respeto al sistema democrático y políticas claras contra la corrupción, en el segundo, el estado de derecho -fundado en las conquistas de la revolución sandinista del 79-, ha sido aniquilado y la corrupción no solo es tolerada, sino promovida.

O bien el caso las posturas de Dilma Rousseff en Brasil y de Evo Morales en Bolivia. Mientras la primera admite su destitución aunque la considera ilegítima pero legal por parte del senado brasileño, el segundo anuncia con desparpajo que recurrirá a triquiñuelas para intentar ser reelecto, todo a contrapelo de la voluntad ciudadana expresada en el referendo de principios de año.

La descomposición de esta “izquierda” obedece a factores diversos.

Uno de los más relevantes es el caudillismo, que alcanzó máxima expresión en Fidel Castro y Hugo Chávez. El caudillismo traducido en poder unipersonal como negación de la institucionalidad de sus partidos y estados.

En el caso de Castro una influencia unipersonal más allá de Cuba, por dos razones. Fidel encabezó la primera revolución armada triunfante en el continente orientada al socialismo, y a partir de tal hecho construyó su mito y en los hechos se le atribuyó una infalibilidad política que fue alimentada por una izquierda que con precaria elaboración teórica, optó por asumir como verdades indiscutibles las consideraciones de Castro, fuesen sobre el tema de la lucha armada como vía para llegar al poder, lo “impagabale” de la deuda externa de los países pobres o la validez del modelo cubano.

El fracaso del Socialismo Real y con él de los regímenes de partidos únicos en Europa al finalizar el siglo XX, despojó a la izquierda mundial de los referentes necesarios para articular un nuevo proyecto político y económico, alternativo al capitalismo. No obstante, en América Latina, el enorme costo social de las políticas económicas correctivas y de ajuste aplicadas en los años 90 por los gobiernos neo liberales, dio paso a un descontento que encontró expresión electoral en las opciones populistas, denominadas a sí mismas de izquierda. Así, estas fuerzas se encontraron, a finales de los noventa y al despuntar el presente siglo, con potencial electoral pero sin propuestas consistentes, ni para perfeccionar la democracia ni para establecer un modelo económico distinto.

Huérfanos de referentes y carentes de propuestas propias, se refugiaron en el populismo, y fieles a la tradición latinoamericana (de derecha) e imitando el viejo modelo cubano, sus líderes –Ortega, antes Chávez ahora Maduro y hoy Morales– se erigieron en los nuevos caudillos imprescindibles para las revoluciones que dicen llevar a cabo. Pero todo ello, además, a costa de la democracia en sus respectivos países. Y como autoritarismo y corrupción se nutren y se encubren mutuamente, también han convertido el erario en botín y el tráfico de influencias en práctica cotidiana.

Si bien los regímenes de esta “izquierda” reaccionaria son una realidad, también es cierto que están sometidos a una creciente oposición interna. Y, como en el caso de Venezuela, con pobres perspectivas de mantenerse en el gobierno a mediano plazo. La izquierda democrática en Chile o Uruguay, desde las coaliciones gobernantes, avanzan –no sin dificultades–, pero sometiéndose a las normas de la democracia en competencia con otras fuerzas democráticas, incluyendo las de derecha.

Mientras nos adentramos al siglo XXI, en un panorama sumamente complejo y riesgoso, que demanda eficiencia política y reflexión intelectual para hacer frente exitosamente a los impostergables retos de preservar el sistema democrático, extirpar la pobreza y la corrupción, y conquistar la paz mundial, cabe reconsiderar las denominaciones tradicionales de las fuerzas políticas. Acaso sea tiempo de caracterizarlas simplemente como democráticas o no democráticas y definir su naturaleza por los programas que proponen a los ciudadanos. Y, sobre todo, por su práctica, porque como decía el viejo marxismo, ésta es el supremo criterio de la verdad.

(Publicado en el MUNDIARIO- España, el 22 de diciembre del 2016)

La corrupción, Lula y la izquierda

En las décadas de los sesenta y los setenta, la ética política constituyó el principal capital de la izquierda latinoamericana. Sin incurrir en la idealización, es innegable que el heroísmo y el sacrificio extremo, la coherencia entre el discurso y la práctica, más que propuestas programáticas muchas veces apenas enunciadas, fueron los factores que dieron credibilidad a aquellas, entonces pequeñas organizaciones que se batían, la más de las veces en la clandestinidad y con las armas en la mano, contra feroces dictaduras. Esto es en términos generales, porque como en cualquier grupo humano, en distintos momentos se manifestaron vicios y prácticas ajenas a lo que se reivindicaba, pero muchos de esos actos- también es cierto-, fueron sancionados con severidad.

La llegada al gobierno de organizaciones auto definidas de izquierda por la vía electoral en las dos últimas décadas en América Latina, ha planteado a los que se ven a sí mismos (a veces los mismos protagonistas) como continuadores de aquellas combativas huestes de los sesenta y setenta, el desafío de asumir las transformaciones económicas y sociales que nuestros países requieren, en el contexto de la “democracia burguesa” -antes vilipendiada-, pero también los ha sometido a la dura prueba de preservar -en las nuevas circunstancias históricas- los valores esenciales que identifican a la auténtica izquierda: la ética política, la solidaridad, justicia social y la democracia.

Algunos sucumbieron en el intento, o ya habían abandonado desde antes -consciente y deliberadamente- aquellos valores, asumiendo proyectos autoritarios y personalistas. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Traigo esto a colación por la actual situación en Brasil. Las denuncias de presunta corrupción contra el ex presidente Lula, constituyen, sin duda alguna, un golpe a la credibilidad y al prestigio de uno de los representantes más prestigiados -hasta ahora- de la izquierda democrática latinoamericana.

El proceso abierto contra el ex presidente brasileño, tiene ante todo el objetivo de golpear el gobierno de la presidenta Dilma Rouseff, eventualmente destituirla e impedir un posible regreso de Lula a la presidencia. Debe tenerse en cuenta que Rouseff llegó la presidencia para este segundo período, en una forzada segunda vuelta (el 26 de octubre del 2014), en la que la oposición acarició la victoria con un 49% y que Brasil vive desde hace varios años una profunda crisis económica que han hecho caer el ingreso per cápita en un 35 % en los últimos 5 años provocando un descontento social manifiesto.La oposición ve la mesa servida para lograr lo que no pudieron  en las urnas en el 2014.

Sin embargo, el hecho que exista una acción orquestada contra el PT y sus dos principales figuras, no niega que se hayan dado actos de corrupción. Hay que recordar que históricos luchadores (desde los sesenta) como José Dirceu y José Genoino, ambos  cofundadores y ex presidentes del PT, cumplen condenas por casos de corrupción comprobada. Que el ex presidente Da Silva haya sido parte o no de los actos corruptos, está por verse. Y ojalá sea dilucidado con apego a la verdad y las leyes,sin la judicialización de la lucha política, independientemente de los resultados.

Pero queda claro que la izquierda no está exenta que representantes suyos, desde el gobierno o fuera de él, incurran en actos de corrupción. Y así como el respeto a la institucionalidad y la fiscalización social, son los principales antídotos para detectar y castigar la corrupción en los gobiernos, en los partidos y organizaciones políticas lo es además la observancia a su propia institucionalidad. Sabedores de ello, los corruptos lo primero que hacen  es procurarse el control personal de los partidos que los aupan o destruirlos.

La izquierda tiene desde cualquier punto de vista, mejores condiciones para enfrentar la corrupción, toda vez que se mantenga fiel a sus postulados originales constitutivos.

La política actual, como antes y como deberá ser en el futuro, no debe ser de apariencias. No basta decir, hay que ser. No basta tener un programa de transformaciones justas, hay que reivindicar la ética de la honestidad y la transparencia como divisas inamovibles y condiciones transversales de cualquier cambio social, económico o político.