De izquierdas e “izquierdas” en América Latina

La muerte de Fidel Castro, la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, la crisis terminal del gobierno de Maduro en Venezuela y la confirmación de la naturaleza dictatorial del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua figuran entre las principales noticias latinoamericanas del año que finaliza. Todas vinculadas a lo que se llama genéricamente, y por eso erróneamente, “la izquierda”.

La izquierda nunca ha sido una corriente homogénea. Particularmente en América Latina en los años sesenta y setenta, se identificaban como sujetos de la izquierda a los viejos partidos comunistas y a los entonces emergentes movimientos guerrilleros de liberación nacional, mediando entre unos y otros profundas diferencias tácticas y estratégicas, casi nunca resueltas.

Hoy es posible diferenciar en ese conglomerado que se denomina izquierda – aunque también podría aplicarse a “las derechas”-, dos grandes grupos. De una parte la “izquierda” autoritaria y corrupta, y por lo tanto reaccionaria. Y de otra, la izquierda democrática, progresista. Si en el primer caso el oxímoron es solo aparente a la luz de los nuevos tiempos, en el segundo el pleonasmo es necesario.

El tema no es baladí. Las diferencias se marcan a partir de las posturas y acciones que asume e impulsa cada fuerza, desde la oposición o desde el gobierno, frente a los dos principales problemas comunes en Latinoamérica: las amenazas a la institucionalidad democrática en varios países, que en algunos ya es autoritarismo establecido y la corrupción en las esferas gubernamentales. Para poner ejemplos en los extremos, señalemos la gestión del gobierno del Frente Amplio en Uruguay y la de Daniel Ortega en Nicaragua. Si en el primero hay un respeto al sistema democrático y políticas claras contra la corrupción, en el segundo, el estado de derecho -fundado en las conquistas de la revolución sandinista del 79-, ha sido aniquilado y la corrupción no solo es tolerada, sino promovida.

O bien el caso las posturas de Dilma Rousseff en Brasil y de Evo Morales en Bolivia. Mientras la primera admite su destitución aunque la considera ilegítima pero legal por parte del senado brasileño, el segundo anuncia con desparpajo que recurrirá a triquiñuelas para intentar ser reelecto, todo a contrapelo de la voluntad ciudadana expresada en el referendo de principios de año.

La descomposición de esta “izquierda” obedece a factores diversos.

Uno de los más relevantes es el caudillismo, que alcanzó máxima expresión en Fidel Castro y Hugo Chávez. El caudillismo traducido en poder unipersonal como negación de la institucionalidad de sus partidos y estados.

En el caso de Castro una influencia unipersonal más allá de Cuba, por dos razones. Fidel encabezó la primera revolución armada triunfante en el continente orientada al socialismo, y a partir de tal hecho construyó su mito y en los hechos se le atribuyó una infalibilidad política que fue alimentada por una izquierda que con precaria elaboración teórica, optó por asumir como verdades indiscutibles las consideraciones de Castro, fuesen sobre el tema de la lucha armada como vía para llegar al poder, lo “impagabale” de la deuda externa de los países pobres o la validez del modelo cubano.

El fracaso del Socialismo Real y con él de los regímenes de partidos únicos en Europa al finalizar el siglo XX, despojó a la izquierda mundial de los referentes necesarios para articular un nuevo proyecto político y económico, alternativo al capitalismo. No obstante, en América Latina, el enorme costo social de las políticas económicas correctivas y de ajuste aplicadas en los años 90 por los gobiernos neo liberales, dio paso a un descontento que encontró expresión electoral en las opciones populistas, denominadas a sí mismas de izquierda. Así, estas fuerzas se encontraron, a finales de los noventa y al despuntar el presente siglo, con potencial electoral pero sin propuestas consistentes, ni para perfeccionar la democracia ni para establecer un modelo económico distinto.

Huérfanos de referentes y carentes de propuestas propias, se refugiaron en el populismo, y fieles a la tradición latinoamericana (de derecha) e imitando el viejo modelo cubano, sus líderes –Ortega, antes Chávez ahora Maduro y hoy Morales– se erigieron en los nuevos caudillos imprescindibles para las revoluciones que dicen llevar a cabo. Pero todo ello, además, a costa de la democracia en sus respectivos países. Y como autoritarismo y corrupción se nutren y se encubren mutuamente, también han convertido el erario en botín y el tráfico de influencias en práctica cotidiana.

Si bien los regímenes de esta “izquierda” reaccionaria son una realidad, también es cierto que están sometidos a una creciente oposición interna. Y, como en el caso de Venezuela, con pobres perspectivas de mantenerse en el gobierno a mediano plazo. La izquierda democrática en Chile o Uruguay, desde las coaliciones gobernantes, avanzan –no sin dificultades–, pero sometiéndose a las normas de la democracia en competencia con otras fuerzas democráticas, incluyendo las de derecha.

Mientras nos adentramos al siglo XXI, en un panorama sumamente complejo y riesgoso, que demanda eficiencia política y reflexión intelectual para hacer frente exitosamente a los impostergables retos de preservar el sistema democrático, extirpar la pobreza y la corrupción, y conquistar la paz mundial, cabe reconsiderar las denominaciones tradicionales de las fuerzas políticas. Acaso sea tiempo de caracterizarlas simplemente como democráticas o no democráticas y definir su naturaleza por los programas que proponen a los ciudadanos. Y, sobre todo, por su práctica, porque como decía el viejo marxismo, ésta es el supremo criterio de la verdad.

(Publicado en el MUNDIARIO- España, el 22 de diciembre del 2016)

Anuncios

La corrupción, Lula y la izquierda

En las décadas de los sesenta y los setenta, la ética política constituyó el principal capital de la izquierda latinoamericana. Sin incurrir en la idealización, es innegable que el heroísmo y el sacrificio extremo, la coherencia entre el discurso y la práctica, más que propuestas programáticas muchas veces apenas enunciadas, fueron los factores que dieron credibilidad a aquellas, entonces pequeñas organizaciones que se batían, la más de las veces en la clandestinidad y con las armas en la mano, contra feroces dictaduras. Esto es en términos generales, porque como en cualquier grupo humano, en distintos momentos se manifestaron vicios y prácticas ajenas a lo que se reivindicaba, pero muchos de esos actos- también es cierto-, fueron sancionados con severidad.

La llegada al gobierno de organizaciones auto definidas de izquierda por la vía electoral en las dos últimas décadas en América Latina, ha planteado a los que se ven a sí mismos (a veces los mismos protagonistas) como continuadores de aquellas combativas huestes de los sesenta y setenta, el desafío de asumir las transformaciones económicas y sociales que nuestros países requieren, en el contexto de la “democracia burguesa” -antes vilipendiada-, pero también los ha sometido a la dura prueba de preservar -en las nuevas circunstancias históricas- los valores esenciales que identifican a la auténtica izquierda: la ética política, la solidaridad, justicia social y la democracia.

Algunos sucumbieron en el intento, o ya habían abandonado desde antes -consciente y deliberadamente- aquellos valores, asumiendo proyectos autoritarios y personalistas. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Traigo esto a colación por la actual situación en Brasil. Las denuncias de presunta corrupción contra el ex presidente Lula, constituyen, sin duda alguna, un golpe a la credibilidad y al prestigio de uno de los representantes más prestigiados -hasta ahora- de la izquierda democrática latinoamericana.

El proceso abierto contra el ex presidente brasileño, tiene ante todo el objetivo de golpear el gobierno de la presidenta Dilma Rouseff, eventualmente destituirla e impedir un posible regreso de Lula a la presidencia. Debe tenerse en cuenta que Rouseff llegó la presidencia para este segundo período, en una forzada segunda vuelta (el 26 de octubre del 2014), en la que la oposición acarició la victoria con un 49% y que Brasil vive desde hace varios años una profunda crisis económica que han hecho caer el ingreso per cápita en un 35 % en los últimos 5 años provocando un descontento social manifiesto.La oposición ve la mesa servida para lograr lo que no pudieron  en las urnas en el 2014.

Sin embargo, el hecho que exista una acción orquestada contra el PT y sus dos principales figuras, no niega que se hayan dado actos de corrupción. Hay que recordar que históricos luchadores (desde los sesenta) como José Dirceu y José Genoino, ambos  cofundadores y ex presidentes del PT, cumplen condenas por casos de corrupción comprobada. Que el ex presidente Da Silva haya sido parte o no de los actos corruptos, está por verse. Y ojalá sea dilucidado con apego a la verdad y las leyes,sin la judicialización de la lucha política, independientemente de los resultados.

Pero queda claro que la izquierda no está exenta que representantes suyos, desde el gobierno o fuera de él, incurran en actos de corrupción. Y así como el respeto a la institucionalidad y la fiscalización social, son los principales antídotos para detectar y castigar la corrupción en los gobiernos, en los partidos y organizaciones políticas lo es además la observancia a su propia institucionalidad. Sabedores de ello, los corruptos lo primero que hacen  es procurarse el control personal de los partidos que los aupan o destruirlos.

La izquierda tiene desde cualquier punto de vista, mejores condiciones para enfrentar la corrupción, toda vez que se mantenga fiel a sus postulados originales constitutivos.

La política actual, como antes y como deberá ser en el futuro, no debe ser de apariencias. No basta decir, hay que ser. No basta tener un programa de transformaciones justas, hay que reivindicar la ética de la honestidad y la transparencia como divisas inamovibles y condiciones transversales de cualquier cambio social, económico o político.