Sucesión y fin del orteguismo

Hace algunos años, cuando ya se rumoraba la enfermedad de Hugo Chávez, pregunté a un dirigente chavista presente en un foro, qué pasaría ante el eventual fallecimiento del Teniente Coronel. Balbuceó algunas frases, trastabilló, miró a cualquier lado. En fin, no supo qué responder. Todos sabemos qué ha pasado en Venezuela en los últimos tres años, con un Maduro inepto y desgastado, que ha sumergido al país en un verdadero y doloroso caos.

Es uno de los problemas del caudillismo: carecen de mecanismos institucionales para reponer al líder, y siempre corren el riesgo de sumergirse en luchas intestinas -no pocas veces cruentas-, porque más de uno del entorno, se ve a sí mismo como el predestinado para sustituir al “líder”.

Traigo a colación la anécdota, para colocar en un escenario extremo, una de las preocupaciones que invaden las oficinas y las alcobas de El Carmen: la sucesión de Daniel Ortega.

Ciertamente Ortega parece gozar de buena salud. Y digo parece, porque rumores con una versión distinta no faltan. A sus 71 años es racional pensar en lo inevitable, aunque su aspiración, para vivir y gobernar, según sus propias palabras, sea llegar a los 95.

Las programadas elecciones presidenciales de noviembre próximo, presentan -dentro del orteguismo- la oportunidad de formalizar la sucesión del comandante. Y no son pocos los que aspiran a ocupar el puesto.

El orteguismo, la cúpula que gira alrededor de la familia y el colectivo amorfo que es su núcleo, no es un bloque homogéneo. Su relativa cohesión solo puede ser vista a la luz de los beneficios que genera el usufructo del poder. Es un grupo sin identidad ideológica y por el contrario, confluyen en él distintas corrientes de pensamiento, desde los oportunistas “de izquierda” nostálgicos de tiempos idos e irrepetibles, hasta derechistas vergonzantes agazapados en el populismo.

Ciertamente el entorno inmediato de Ortega, encabezado por la señora Murillo, ha consolidado importantes posiciones de poder en el último tiempo. El manejo directo de los beneficios de la renta del petróleo venezolano, le otorga importantísimos recursos financieros para su proyecto, pero eso no basta. Su cabecilla carece de simpatía y de verdadera lealtad política en las bases del orteguismo, en vista de lo que consideran una auténtica carencia de méritos históricos. Su estilo francamente autoritario y el insaciable afán de control omnímodo, no juegan tampoco en favor de sus planes.

Otro grupo que mueve sus hilos con mucha discreción, es el de Arce Castaño. Con el control de las instituciones ejecutivas reguladoras de la economía y cultivando una firme relación con el gran capital, sus opciones no son menores. Así también, discretamente, ha colocado fichas en el poder judicial y en el legislativo.

El movimiento sindical del orteguismo tampoco es sólido. Las contradicciones entre la cúpula de Gustavo Porras, que controla la organización de empleados estatales, con la de Roberto González que hace lo propio con el resto de sectores, se han administrado, pero son inocultables.

Tampoco puede sub valorarse la incidencia de esos distintos grupos en el ejército y en la policía, en los que se ha bloqueado el relevo institucional y hay una interferencia directa -atropellando a los mandos- de los delegados de Ortega. Los que aspiran a rescatar el profesionalismo de esos cuerpos resienten la desnaturalización sufrida en los últimos nueve años.

El poder del orteguismo no será, obviamente, eterno. Y su fin podría estar más cerca de lo imaginable. Sus conflictos internos, típicos de regímenes estructurados alrededor del caudillo y de su entorno familiar, inevitablemente se han avivado en la medida que el contexto internacional le es desfavorable, el botín se reduce, el descontento social interno crece y la oportunidad del recambio se aproxima.

De allí que las elecciones de noviembre próximo, constituyan una oportunidad para que las fuerzas democráticas derroten con el voto masivo de la población a un orteguismo en descomposición acelerada, sea Daniel Ortega u otro el candidato del régimen.

Ojalá el comandante Daniel Ortega tenga muchos años más de vida, para que en el futuro próximo, cuando las circunstancias cambien indefectiblemente en Nicaragua, rinda cuentas ante la justicia por su gestión.

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