Gradas: arte y denuncia

La historia de la Revolución Sandinista –la de 1979, la única- está por escribirse. Tal vez nunca se escriba. Hasta ahora la mezquindad política en unos casos, en otros la inevitable parcialidad de los testimonios o memorias o el mutis de sus protagonistas-una buena parte vivos todavía-, impide contar -casi cuatro décadas después-con un enfoque más o menos completo, riguroso y ecuánime de ese hecho. En lo que se ha escrito hasta ahora hay de todo: verdades enteras, otras que se ocultan y acaso nunca se conocerán, mentiras tejidas y el peor de los casos, la manipulación deliberada para hacer propaganda con evidentes intereses creados, como ocurre desde el actual poder.

Pero como afirmó Fidel Castro alguna vez “La historia es un sub producto de los hechos”. Bien lo sabrá él, un personaje de tantos hechos y de la historia.

Así, se ha hablado y escrito mucho sobre la experiencia de lucha armada contra el somocismo y más de los grandes éxitos, que los fracasos se mencionan solo de forma tangencial. Hay grandes e importantes pendientes en este orden,como la historia del movimiento estudiantil o del movimiento artístico que precedió y acompañó la lucha insurreccional. Este último fue multifacético en sus expresiones: canto y poesía –los más relevantes-, pero también hubo teatro, danza y pintura.

En 1973 surgió el grupo Gradas. Figuraban en el mismo: la poetisa Rosario Murillo –su principal impulsora-, el poeta David Mac Fields y el canta autor Carlos Mejía Godoy. Con alguna frecuencia se le sumaban poetas como Marcos Hidalgo, jóvenes compositores como Flavio Galo y pintores como Alfonso Ximenez.

Durante 1973 y 1974 el grupo Gradas, dio recitales de poesía y canciones “de protesta”, como eran conocidas entonces, en distintos lugares del país: en casas comunales, en atrios, en parques, calles y mercados. Siempre bajo el asedio policial y no pocas veces impedidos de realizarse o disueltos a culata limpia. Eran sencillos pero hermosos encuentros, participativos diríamos ahora, en los que compartiendo canto, poesía o pintura improvisada en pliegos de papel de “envolver”, artistas y público dialogaban sobre la realidad nacional. Era la denuncia social y política de un pueblo ávido de mensaje esperanzador y de alternativas de lucha.

Y Gradas se llamaba, porque a las gradas del estadio es que va el pueblo, es en las gradas de las iglesias que la gente se reúne después de los oficios religiosos. Así se explicaba el nombre: Porque las gradas fueron –son- tribuna de denuncia, espacio de protesta.

Pese a su corta existencia,  Gradas contribuyó el despertar político de muchos jóvenes o selló definitivamente su compromiso. Tantos rostros que vi en aquellos recitales los encontraría después en la lucha contra la dictadura.

La represión desatada por el somocismo luego del operativo del FSLN el 27 diciembre de 1974, imposibilitó que Gradas continuara su labor. Vendrían después el surgimiento de grupos numerosos grupos musicales de denuncia como Pueblo, 8 de noviembre, Pacaya o Pancasán e innumerables cantores solistas que junto con el teatro popular y estudiantil, serían  vigorosos y efectivos vehículos de comunicación política. La poesía ya militaba en la lucha revolucionaria desde antes.

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